Había un mundo en el que dos creyentes discutían. El primero afirmaba que Jesús era el Mesías; el segundo lo negaba, sosteniendo que “el Mesías traería la paz”. Sin embargo, este último insistía en abrazar la guerra, pues la persistencia del conflicto en el mundo le servía como prueba de que el Mesías aún no había llegado. En otro lugar de aquel mismo mundo, otros dos creyentes debatían: uno sostenía que Dios no obra por medio de la guerra; el otro afirmaba que “si él podía someter y salir victorioso en las guerras, era porque Dios estaba con él”. Así, en aquel mundo, la guerra adquiría un fuerte carácter teológico, y la destrucción se justificaba o se invalidaba según el credo de quien la interpretaba.
Recordé
entonces cuando la gente me preguntaba, a propósito del libro del Génesis y de
sus primeros capítulos sobre la creación, cómo era posible creer tales relatos
en tiempos tan modernos. Pero la lógica del Génesis no es la negación de la
evolución, sino la afirmación de un principio más profundo: la hermandad
universal que procede de un origen común en Adán y Eva (Génesis 1:26–27; 2:7;
Hechos 17:26). Esa es su gran aportación, más que la especulación temprana
sobre la biología. El texto nos hereda una enseñanza fundamental al mostrar
cómo los conflictos interiores —la envidia de Caín hacia Abel— se materializan
en la violencia y culminan en el asesinato (Génesis 4:3–8; 1 Juan 3:12).
A
veces escucho a quienes dicen: “yo no tengo una religión, yo tengo una
relación con Jesús”. Y pienso: claro, también tengo un vecino que afirma no
tener religión, sino una “relación con Alá”, quien —según él— se
comunica directamente con él a través del Corán. Al final, se trata de diluir
la estructura del pensamiento teológico compartido para colocar al ego como
principio y fundamento de la interpretación: “lo que yo creo, lo que yo
pienso, lo que Dios me dijo a mí” (cf. Proverbios 3:5; Jueces 21:25).
¿Podríamos
imaginar un mundo más unido? ¿Qué habría sucedido si Mahoma no se hubiese
asumido como profeta infalible y hubiese considerado la posibilidad de estar
equivocado? ¿Si los cristianos no hubiesen provocado el cisma entre Oriente y
Occidente? ¿Si Lutero hubiese aceptado la excomunión del papa León X y se
hubiese retractado del protestantismo? (cf. Juan 17:20–21; 1 Corintios 1:10).
¿Se imaginan? Desde Bagdad hasta América, todos compartiríamos una misma fe.
Pero eso no ocurrió. Nos tocó nacer en un mundo fragmentado, heredar divisiones
que no elegimos, pero con las que debemos convivir. El desafío es preguntarnos
cómo vernos más como hermanos y comprender aquello que Dios anunció desde el
principio: de Adán venimos todos, y todos somos hermanos (Génesis 5:1–2;
Romanos 5:12).
Así,
dentro de nuestras sociedades evangelizadas, cuando individuos que se asumen
cristianos afirman no tener religión, los invito a reflexionar recordándoles
que hay mandamientos de Jesús que no pueden cumplirse de manera individual. Se
requiere una estructura para llevarlos a cabo: “Id, y haced discípulos a
todas las naciones” (Mateo 28:19–20). ¿Sabes la logística que implica
discipular —ya no a todas las naciones— sino siquiera a una? La estructura es
necesaria porque el proyecto es un macroproyecto: trasciende generaciones y
fronteras. Y aunque no debemos entrar en conflicto con otros por el hecho de
discipular, sí es indispensable una estructura que unifique el deseo, la
intención y la voz, pues “si dos de vosotros se pusieren de acuerdo en la
tierra acerca de cualquiera cosa que pidieren, les será hecho por mi Padre que
está en los cielos” (Mateo 18:19).
Pidamos,
pues, insistentemente en unidad, por la paz del mundo.