En el Antiguo Testamento, el pueblo de Israel entendía la prosperidad económica como una bendición de Dios, vinculada a la obediencia a la Ley de Moisés. Por ello, encontramos numerosas exhortaciones que relacionan el cumplimiento de los mandamientos con el bienestar: «Cuida de cumplir toda la Ley que te dio mi siervo Moisés. No te apartes de ella ni a la derecha ni a la izquierda, para que tengas éxito dondequiera que vayas» (Josué 1,7).
La
lógica es sencilla: vivir conforme a la voluntad de Dios conduce a una vida
virtuosa, cuyos frutos pueden manifestarse en el bienestar personal y
comunitario. Quien escucha el consejo de sus padres, educa a sus hijos con amor
y trabaja honradamente puede recoger los frutos de su esfuerzo. Sin embargo,
¿qué sucede cuando Israel vació el mandamiento de su esencia y lo convirtió en
un pretexto buscar riquezas? Entonces, la Ley de Moisés deja de ser guía para ser
vista como una receta del éxito y la abundancia material.
Israel
tuvo que enfrentarse a esta contradicción: si Dios bendice a quienes obran
bien, ¿por qué tantas personas justas padecen adversidades? El libro de Job
ofrece una respuesta que cuestiona cualquier interpretación simplista de la
prosperidad. Job era un hombre justo y de buena posición económica, pero perdió
sus bienes, su familia y su salud. Su historia revela que la riqueza más
profunda no reside en las posesiones, sino en la fe y la confianza en Dios. La
restauración final de Job (Job 42,10-17) no convierte su historia en una
fórmula de recompensa, sino que manifiesta que la fidelidad divina trasciende
las pérdidas de esta vida.
La
riqueza material, por su parte, puede convertirse en un instrumento para
procurar el bien de los demás. Esto no significa fomentar la dadiva o la
ociosidad, pues san Pablo advierte: «Si alguno no quiere trabajar, que tampoco
coma» (2 Tesalonicenses 3,10). El trabajo es un mandato bíblico: «Seis días
trabajarás y harás todos tus trabajos» (Éxodo 20,9). Pero ¿cómo generar
oportunidades laborales si no existen recursos monetarios para emprender,
producir e invertir?
Un
creyente que dispone de capital puede emplearlo para crear empresas, generar
empleos y ofrecer oportunidades para que otras personas se ganen la vida
honradamente. La sociedad requiere personas que administren recursos, otras que
aporten su fuerza laboral y un Estado que, mediante las leyes civiles, regule
las relaciones entre ambas. Ninguna de estas funciones está exenta de virtud o
corrupción. Esta última aparece cuando se abandona el amor al prójimo y se
olvida que toda persona posee una dignidad que no depende de su posición
económica.
Por
eso, san Pablo exhorta tanto a trabajadores como a empleadores a conducirse con
rectitud, recordándoles que todos están sujetos al mismo Señor y que ante él no
hay acepción de personas (Efesios 6,5-9). La verdadera prosperidad cristiana no
consiste en acumular riquezas, sino en poner los bienes, el trabajo y las
capacidades al servicio de Dios y del prójimo. Porque la mayor riqueza que
podemos poseer es el amor que Dios nos ofrece y la respuesta generosa con que
correspondemos a ese amor.