viernes, 27 de marzo de 2026

La maternidad en medio de la crisis: una esperanza contra la lógica

Constantemente escuchamos en los medios de comunicación sobre la crisis hídrica que vive Hermosillo: no hay suficiente agua y pareciera que, si la ciudad continúa, es casi de puro milagro. A esto se suman el encarecimiento de la vivienda, la delincuencia y la drogadicción. En medio de esta diversidad de crisis, algunas voces —particularmente desde posturas que se asumen como empoderadas— exhortan a otros: “no traigas más hijos al mundo, ¿no ves cómo están las cosas?”.

Ahora bien, imaginemos cómo debieron ser las tierras desérticas de Israel: el acceso limitado al agua, a la justicia y a la vivienda. Y aun así, las mujeres concebían hijos, ya fuera por ignorancia, por conveniencia, por amor, por presión social o incluso contra su voluntad. Pero el asunto iba más allá: a las jóvenes acusadas de conducta desordenada no se les corregía, se les condenaba a muerte por lapidación (Deuteronomio 22, 20-21).

En medio de aquel mundo tan distinto al nuestro, pero con necesidades profundamente similares, María fue invitada a la maternidad y aceptó (Lucas 1, 38). Y como si las adversidades cotidianas no fueran suficientes, su historia se vio marcada por la persecución, ante la amenaza de Herodes, quien ordenó la muerte de infantes (Mateo 2, 13; Mateo 2, 16).

De entrada, hay que reconocer el milagro que implica la maternidad en contextos tan vulnerables: lugares sin pediatras, sin agua potable, sin condiciones mínimas de bienestar. Hoy podríamos imaginar esas periferias donde abundan más las carencias que las certezas, donde incluso pedir ayuda inmediata resulta difícil.

Entonces surge una pregunta: ¿por qué la madre del Mesías tuvo que atravesar una prueba tan grande? Moisés, por ejemplo, vivió su infancia bajo la protección de la hija del faraón, en un entorno de relativa seguridad (Éxodo 2, 5-10). ¿Por qué no conceder a María condiciones semejantes, si llevaba en su seno al Rey?

Tal vez porque, de ese modo, Dios quiso manifestar que está del lado de los marginados y de las víctimas. No desde la distancia, sino desde la experiencia concreta de la vulnerabilidad. Incluso hasta el extremo del sufrimiento más injusto: la muerte de un hijo inocente en la cruz (Juan 19, 25). Esa es una lección tan profunda como exigente.

¿Qué necesidad había de venir a padecer lo que muchos padecen y a llorar lo que muchos lloran? Dios nos muestra que la injusticia brota del mundo, mientras que la esperanza proviene de su gracia; y que incluso la más pequeña, la más joven, la más vulnerable —la que gesta un hijo— puede ser dichosa en medio de un mundo tan oscuro.

María, por su parte, abrazó la fe como un tesoro: “Proclama mi alma la grandeza del Señor” (Lucas 1, 46-48). Y así como cuidó del Mesías, también procurará nuestro amparo. Desde la cruz, Jesús dijo al discípulo: “Mujer, ahí tienes a tu hijo… ahí tienes a tu madre” (Juan 19, 26-27). Podría entenderse como el cumplimiento de una promesa; aunque también cabe pensar que esta otra maternidad ya había sido acogida por María desde antes: asumir y revivir el dolor y la súplica de madre por cualquier hijo que esté lejos. Y ella lo aceptó.

lunes, 2 de marzo de 2026

El delincuente más peligroso del mundo

Un domingo, después de ir a la iglesia, estaba en el patio con mi padre cuando miré el teléfono: habían ejecutado a Nemesio Oseguera Cervantes, alias “El Mencho”. No tenía dudas: para mí, aquel hombre iría al infierno. Fue líder del Cártel Jalisco Nueva Generación, forjador de un imperio de violencia y abusos. ¿Qué amor por Dios o por el prójimo podía haber en alguien así?.

Sin embargo, cuando las autoridades mostraron el interior de la casa donde se encontraba, observé objetos que evidenciaban cierta devoción: salmos, imágenes de Jesús y de María. Entonces comencé a reflexionar. Porque, al final del día, aquel hombre poderoso y temido, en la intimidad de su habitación, intentó conectarse con su Creador. Y en eso, ese capo y yo nos parecíamos.

A veces el reino de las tinieblas y el camino del Evangelio se presentan como un dilema profundo. No solo para un capo, sino para cualquiera: ¿hasta cuándo nos apartaremos de nuestro mal? En su caso, delitos y adoración a las riquezas mal habidas; en otros, adulterio, pornografía, borrachera, envidia, ego y tantas injusticias que oscurecen la vida e impiden abrirse a la gracia divina. Cada persona debe decidir qué camino tomar, qué conductas romper. Y esa decisión cuesta, más aún cuando se está atrapado en estructuras delictivas de poder y muerte; pero también los pecados que parecen menores exigen renuncias firmes, porque se disfrazan de insignificancia y, en esa apariencia inofensiva, alimentan la tibieza del alma.

Mientras veía por televisión aquellas imágenes de Jesús y María en casa de Mencho, me asaltó una pregunta: ¿y si se convirtió? Los minutos de oración que pudo haber tenido con Dios nadie los conoce; solo ellos dos. El delincuente crucificado junto a Jesús confesó: “Nosotros merecemos este castigo, porque hemos hecho lo malo” (Lucas 23:41), y recibió la promesa de salvación.

Esta reflexión no es una apología del crimen ni pretende abaratar la salvación; busca, más bien, contemplar la profundidad de la misericordia divina. Si hubo conversión, sería un misterio. Pero la sola posibilidad habla de la amplitud de la gracia.

Quizá ese mismo domingo el delincuente dejó de ser el capo temido y volvió a ser Nemesio: un hombre desnudo ante su conciencia, tal vez un niño ante Dios, entregado a la cruz. Y si esa fe existió, pudo haber sido para él expiación; y su captura —culminada en su muerte—, una ofrenda dolorosa pero justa ante los hombres.

Intenté encontrar algún significado en el acontecimiento. Pensé que Dios siempre deja alguna “pista” en medio de la historia, y comprendí primero el símbolo: murió en domingo, el día del Señor —ni siquiera el papa Francisco murió en domingo, sino en lunes—. Había en ello, al menos para mí, una resonancia del tiempo y del espíritu.

Luego advertí otro signo: antes de morir, fue tomado y elevado a los cielos en un acto de justicia. Y esto, aunque parezca una imagen poética, es literal. Según informó el general Ricardo Trevilla Trejo, secretario de la Defensa Nacional, Nemesio Oseguera Cervantes falleció en el aire, a bordo de un helicóptero mientras era trasladado a una instalación militar en Jalisco.

Al conocer ese detalle, el símbolo y el hecho se entrelazaron en mi mente. Y entonces dije: qué grande es la misericordia de Dios.

domingo, 1 de febrero de 2026

Unidos por la paz del mundo

Había un mundo en el que dos creyentes discutían. El primero afirmaba que Jesús era el Mesías; el segundo lo negaba, sosteniendo que “el Mesías traería la paz”. Sin embargo, este último insistía en abrazar la guerra, pues la persistencia del conflicto en el mundo le servía como prueba de que el Mesías aún no había llegado. En otro lugar de aquel mismo mundo, otros dos creyentes debatían: uno sostenía que Dios no obra por medio de la guerra; el otro afirmaba que “si él podía someter y salir victorioso en las guerras, era porque Dios estaba con él”. Así, en aquel mundo, la guerra adquiría un fuerte carácter teológico, y la destrucción se justificaba o se invalidaba según el credo de quien la interpretaba.

Recordé entonces cuando la gente me preguntaba, a propósito del libro del Génesis y de sus primeros capítulos sobre la creación, cómo era posible creer tales relatos en tiempos tan modernos. Pero la lógica del Génesis no es la negación de la evolución, sino la afirmación de un principio más profundo: la hermandad universal que procede de un origen común en Adán y Eva (Génesis 1:26–27; 2:7; Hechos 17:26). Esa es su gran aportación, más que la especulación temprana sobre la biología. El texto nos hereda una enseñanza fundamental al mostrar cómo los conflictos interiores —la envidia de Caín hacia Abel— se materializan en la violencia y culminan en el asesinato (Génesis 4:3–8; 1 Juan 3:12).

A veces escucho a quienes dicen: “yo no tengo una religión, yo tengo una relación con Jesús”. Y pienso: claro, también tengo un vecino que afirma no tener religión, sino una “relación con Alá”, quien —según él— se comunica directamente con él a través del Corán. Al final, se trata de diluir la estructura del pensamiento teológico compartido para colocar al ego como principio y fundamento de la interpretación: “lo que yo creo, lo que yo pienso, lo que Dios me dijo a mí” (cf. Proverbios 3:5; Jueces 21:25).

¿Podríamos imaginar un mundo más unido? ¿Qué habría sucedido si Mahoma no se hubiese asumido como profeta infalible y hubiese considerado la posibilidad de estar equivocado? ¿Si los cristianos no hubiesen provocado el cisma entre Oriente y Occidente? ¿Si Lutero hubiese aceptado la excomunión del papa León X y se hubiese retractado del protestantismo? (cf. Juan 17:20–21; 1 Corintios 1:10). ¿Se imaginan? Desde Bagdad hasta América, todos compartiríamos una misma fe. Pero eso no ocurrió. Nos tocó nacer en un mundo fragmentado, heredar divisiones que no elegimos, pero con las que debemos convivir. El desafío es preguntarnos cómo vernos más como hermanos y comprender aquello que Dios anunció desde el principio: de Adán venimos todos, y todos somos hermanos (Génesis 5:1–2; Romanos 5:12).

Así, dentro de nuestras sociedades evangelizadas, cuando individuos que se asumen cristianos afirman no tener religión, los invito a reflexionar recordándoles que hay mandamientos de Jesús que no pueden cumplirse de manera individual. Se requiere una estructura para llevarlos a cabo: “Id, y haced discípulos a todas las naciones” (Mateo 28:19–20). ¿Sabes la logística que implica discipular —ya no a todas las naciones— sino siquiera a una? La estructura es necesaria porque el proyecto es un macroproyecto: trasciende generaciones y fronteras. Y aunque no debemos entrar en conflicto con otros por el hecho de discipular, sí es indispensable una estructura que unifique el deseo, la intención y la voz, pues “si dos de vosotros se pusieren de acuerdo en la tierra acerca de cualquiera cosa que pidieren, les será hecho por mi Padre que está en los cielos” (Mateo 18:19).

Pidamos, pues, insistentemente en unidad, por la paz del mundo.

sábado, 3 de enero de 2026

La oración frente al sufrimiento

La afirmación “orar no sirve de nada si no ayudas” suele presentarse como una crítica moral, pero en realidad expresa una comprensión limitada de la experiencia humana frente al sufrimiento y, en particular, frente a las enfermedades incurables. La oración no compite con la acción ni sustituye la ayuda concreta; posee un valor propio, distinto y complementario. Negarla como inútil es desconocer tanto su dimensión espiritual como sus efectos reales en la vida de quienes la practican.

Ante una muerte, una enfermedad incurable, una pérdida o una ruptura, la acción material —repartir pan, cobijas o brindar asistencia— es necesaria, pero insuficiente para sanar el quiebre interior. La oración cumple una función que ninguna acción externa puede reemplazar: ayuda a cargar el dolor. Permite atravesar el sufrimiento, ordenar la angustia, confrontar el miedo y reconciliarse con los propios límites. En ese sentido, no elimina la enfermedad, pero sí transforma la manera de vivirla. Quien afirma “orar no sirve de nada” suele hacerlo desde la distancia del dolor profundo; quien lo ha experimentado sabe que la oración no es un acto decorativo, sino una necesidad existencial.

Esta tensión entre oración y acción no es nueva. De acuerdo con O’Hara (2002), Basilio de Cesarea (329–379 d. C.), considerado fundador de uno de los primeros hospitales, enfrentó un cuestionamiento similar cuando un monje dudó de la legitimidad de usar hierbas medicinales junto con la oración, bajo el argumento de que la enfermedad era voluntad de Dios. Basilio respondió que tanto las hierbas medicinales como la oración eran dones de la providencia divina. Así como la agricultura fue desarrollada para aliviar el hambre, las artes medicinales surgieron para aliviar el sufrimiento humano; ambas son fruto de la inteligencia otorgada por Dios. Rechazar una u otra, sostenía Basilio, equivale a rechazar la beneficencia del Creador.

La investigación científica contemporánea refuerza esta visión integradora. Según la revisión bibliográfica realizada en 2016 por Talita Prado Simão, Sílvia Caldeira y Emilia Campos de Carvalho, publicada por la editorial académica suiza MDPI, la oración fue identificada como un factor positivo en siete estudios. Entre los efectos observados se encuentran la reducción de la ansiedad en madres de niños con cáncer, la disminución de la preocupación en personas que creen en una solución a su problema y la mejora del funcionamiento físico en pacientes que creen en la oración. Las autoras concluyen que la oración constituye una intervención y un recurso no farmacológico que debe incorporarse a la atención integral orientada al bienestar del paciente.

En este contexto, la oración no debe entenderse como una alternativa excluyente a la ayuda concreta ni como una fórmula mágica para obtener milagros, sino como una práctica que fortalece interiormente a quien enfrenta lo incurable. Orar sin fe, ciertamente, no sirve de nada; orar con fe no garantiza la curación, pero sí ofrece sentido, consuelo y resistencia espiritual. Frente al sufrimiento extremo, la oración no reemplaza la acción, pero la completa. Y en el camino de Dios, no basta el activismo ni la consigna moral: hace falta profundidad, experiencia y fe.