Un domingo, después de ir a la iglesia, estaba en el patio con mi padre cuando miré el teléfono: habían ejecutado a Nemesio Oseguera Cervantes, alias “El Mencho”. No tenía dudas: para mí, aquel hombre iría al infierno. Fue líder del Cártel Jalisco Nueva Generación, forjador de un imperio de violencia y abusos. ¿Qué amor por Dios o por el prójimo podía haber en alguien así?.
Sin
embargo, cuando las autoridades mostraron el interior de la casa donde se
encontraba, observé objetos que evidenciaban cierta devoción: salmos, imágenes
de Jesús y de María. Entonces comencé a reflexionar. Porque, al final del día,
aquel hombre poderoso y temido, en la intimidad de su habitación, intentó
conectarse con su Creador. Y en eso, ese capo y yo nos parecíamos.
A
veces el reino de las tinieblas y el camino del Evangelio se presentan como un
dilema profundo. No solo para un capo, sino para cualquiera: ¿hasta cuándo nos
apartaremos de nuestro mal? En su caso, delitos y adoración a las riquezas mal
habidas; en otros, adulterio, pornografía, borrachera, envidia, ego y tantas
injusticias que oscurecen la vida e impiden abrirse a la gracia divina. Cada
persona debe decidir qué camino tomar, qué conductas romper. Y esa decisión
cuesta, más aún cuando se está atrapado en estructuras delictivas de poder y
muerte; pero también los pecados que parecen menores exigen renuncias firmes,
porque se disfrazan de insignificancia y, en esa apariencia inofensiva,
alimentan la tibieza del alma.
Mientras
veía por televisión aquellas imágenes de Jesús y María en casa de Mencho,
me asaltó una pregunta: ¿y si se convirtió? Los minutos de oración que pudo
haber tenido con Dios nadie los conoce; solo ellos dos. El delincuente
crucificado junto a Jesús confesó: “Nosotros merecemos este castigo, porque
hemos hecho lo malo” (Lucas 23:41), y recibió la promesa de salvación.
Esta
reflexión no es una apología del crimen ni pretende abaratar la salvación;
busca, más bien, contemplar la profundidad de la misericordia divina. Si hubo
conversión, sería un misterio. Pero la sola posibilidad habla de la amplitud de
la gracia.
Quizá
ese mismo domingo el delincuente dejó de ser el capo temido y volvió a ser
Nemesio: un hombre desnudo ante su conciencia, tal vez un niño ante Dios,
entregado a la cruz. Y si esa fe existió, pudo haber sido para él expiación; y
su captura —culminada en su muerte—, una ofrenda dolorosa pero justa ante los
hombres.
Intenté
encontrar algún significado en el acontecimiento. Pensé que Dios siempre deja
alguna “pista” en medio de la historia, y comprendí primero el símbolo: murió
en domingo, el día del Señor —ni siquiera el papa Francisco murió en domingo,
sino en lunes—. Había en ello, al menos para mí, una resonancia del tiempo y
del espíritu.
Luego
advertí otro signo: antes de morir, fue tomado y elevado a los cielos en un
acto de justicia. Y esto, aunque parezca una imagen poética, es literal. Según
informó el general Ricardo Trevilla Trejo, secretario de la Defensa Nacional,
Nemesio Oseguera Cervantes falleció en el aire, a bordo de un helicóptero
mientras era trasladado a una instalación militar en Jalisco.
Al
conocer ese detalle, el símbolo y el hecho se entrelazaron en mi mente. Y
entonces dije: qué grande es la misericordia de Dios.