lunes, 2 de marzo de 2026

El delincuente más peligroso del mundo

Un domingo, después de ir a la iglesia, estaba en el patio con mi padre cuando miré el teléfono: habían ejecutado a Nemesio Oseguera Cervantes, alias “El Mencho”. No tenía dudas: para mí, aquel hombre iría al infierno. Fue líder del Cártel Jalisco Nueva Generación, forjador de un imperio de violencia y abusos. ¿Qué amor por Dios o por el prójimo podía haber en alguien así?.

Sin embargo, cuando las autoridades mostraron el interior de la casa donde se encontraba, observé objetos que evidenciaban cierta devoción: salmos, imágenes de Jesús y de María. Entonces comencé a reflexionar. Porque, al final del día, aquel hombre poderoso y temido, en la intimidad de su habitación, intentó conectarse con su Creador. Y en eso, ese capo y yo nos parecíamos.

A veces el reino de las tinieblas y el camino del Evangelio se presentan como un dilema profundo. No solo para un capo, sino para cualquiera: ¿hasta cuándo nos apartaremos de nuestro mal? En su caso, delitos y adoración a las riquezas mal habidas; en otros, adulterio, pornografía, borrachera, envidia, ego y tantas injusticias que oscurecen la vida e impiden abrirse a la gracia divina. Cada persona debe decidir qué camino tomar, qué conductas romper. Y esa decisión cuesta, más aún cuando se está atrapado en estructuras delictivas de poder y muerte; pero también los pecados que parecen menores exigen renuncias firmes, porque se disfrazan de insignificancia y, en esa apariencia inofensiva, alimentan la tibieza del alma.

Mientras veía por televisión aquellas imágenes de Jesús y María en casa de Mencho, me asaltó una pregunta: ¿y si se convirtió? Los minutos de oración que pudo haber tenido con Dios nadie los conoce; solo ellos dos. El delincuente crucificado junto a Jesús confesó: “Nosotros merecemos este castigo, porque hemos hecho lo malo” (Lucas 23:41), y recibió la promesa de salvación.

Esta reflexión no es una apología del crimen ni pretende abaratar la salvación; busca, más bien, contemplar la profundidad de la misericordia divina. Si hubo conversión, sería un misterio. Pero la sola posibilidad habla de la amplitud de la gracia.

Quizá ese mismo domingo el delincuente dejó de ser el capo temido y volvió a ser Nemesio: un hombre desnudo ante su conciencia, tal vez un niño ante Dios, entregado a la cruz. Y si esa fe existió, pudo haber sido para él expiación; y su captura —culminada en su muerte—, una ofrenda dolorosa pero justa ante los hombres.

Intenté encontrar algún significado en el acontecimiento. Pensé que Dios siempre deja alguna “pista” en medio de la historia, y comprendí primero el símbolo: murió en domingo, el día del Señor —ni siquiera el papa Francisco murió en domingo, sino en lunes—. Había en ello, al menos para mí, una resonancia del tiempo y del espíritu.

Luego advertí otro signo: antes de morir, fue tomado y elevado a los cielos en un acto de justicia. Y esto, aunque parezca una imagen poética, es literal. Según informó el general Ricardo Trevilla Trejo, secretario de la Defensa Nacional, Nemesio Oseguera Cervantes falleció en el aire, a bordo de un helicóptero mientras era trasladado a una instalación militar en Jalisco.

Al conocer ese detalle, el símbolo y el hecho se entrelazaron en mi mente. Y entonces dije: qué grande es la misericordia de Dios.