lunes, 27 de abril de 2026

Bendeciré a los que te bendigan

En el contexto de los conflictos en Medio Oriente, es frecuente que los cristianos bautizados manifiesten una inclinación empática hacia el pueblo de Israel. No obstante, aun cuando dichos conflictos no siempre se comprenden en su complejidad histórica y política, diversas narrativas contemporáneas tienden a inducir la adopción de posturas que justifican acciones ajenas a la experiencia cotidiana. En este marco surge una pregunta clave: ¿debe sostenerse un apoyo incondicional a Israel únicamente por ser Israel? Una de las justificaciones más recurrentes se fundamenta en la interpretación de un pasaje del libro de Génesis:

“Y el Señor dijo a Abram: Vete de tu tierra, de tu parentela y de la casa de tu padre, a la tierra que yo te mostraré. Haré de ti una gran nación, te bendeciré, engrandeceré tu nombre y serás una bendición. Bendeciré a los que te bendigan y maldeciré a los que te maldigan, y se bendecirán en ti todas las familias de la tierra” (Génesis 12:1-3).

Desde una perspectiva genealógica y teológica, es fundamental subrayar que Abram es una figura fundacional en las tres grandes religiones monoteístas. De su descendencia provienen Ismael e Isaac: el primero es considerado en la tradición islámica como el ancestro de los pueblos árabes; el segundo, en la tradición bíblica, es el padre del pueblo de Israel, y de Israel se origina el cristianismo. Por tanto, judíos, cristianos y musulmanes comparten una raíz común en Abram, lo que permite entender que la promesa de bendición trasciende una identidad particular.

Ahora bien, la frase “maldeciré a quienes te maldigan” plantea un desafío de interpretación cuando se confronta con la ética del Nuevo Testamento. En el evangelio se afirma:

“Pero yo os digo: amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os odian y orad por los que os persiguen” (Mateo 5:44).

Este giro ético invita a reconsiderar el sentido de la “maldición” no como un castigo externo divino, sino como una condición interna del sujeto que odia. En esta línea, la primera carta del apóstol Juan enseña:

“Quien odia a su hermano permanece en tinieblas, anda en tinieblas, y no sabe adónde va, porque las tinieblas le han cegado los ojos” (1 Juan 2:11).

De esta manera, la “maldición” se entiende como la consecuencia existencial de un corazón que, por su propia voluntad, se aparta del amor; es la alienación del mal que encadena al sujeto y lo aleja de la plenitud de la vida.

Finalmente, la frase “y se bendecirán en ti todas las familias de la tierra” adquiere un carácter programático en el desarrollo teológico de la Biblia. La bendición prometida a Abram no se restringe a un solo grupo, sino que se expande hacia una universalidad. La enseñanza de Jesús, al invitarnos a bendecir incluso a nuestros enemigos, no solo reinterpreta la promesa, sino que la lleva a su pleno cumplimiento: el Mesías desciende de Abram, y es por medio de su voluntad que se reafirma y encarna la bendición para todas las familias de la tierra.