En el contexto de los conflictos en Medio Oriente, es frecuente que los cristianos bautizados manifiesten una inclinación empática hacia el pueblo de Israel. No obstante, aun cuando dichos conflictos no siempre se comprenden en su complejidad histórica y política, diversas narrativas contemporáneas tienden a inducir la adopción de posturas que justifican acciones ajenas a la experiencia cotidiana. En este marco surge una pregunta clave: ¿debe sostenerse un apoyo incondicional a Israel únicamente por ser Israel? Una de las justificaciones más recurrentes se fundamenta en la interpretación de un pasaje del libro de Génesis:
“Y
el Señor dijo a Abram: Vete de tu tierra, de tu parentela y de la casa de tu
padre, a la tierra que yo te mostraré. Haré de ti una gran nación, te
bendeciré, engrandeceré tu nombre y serás una bendición. Bendeciré a los que te
bendigan y maldeciré a los que te maldigan, y se bendecirán en ti todas las
familias de la tierra”
(Génesis 12:1-3).
Desde
una perspectiva genealógica y teológica, es fundamental subrayar que Abram es
una figura fundacional en las tres grandes religiones monoteístas. De su
descendencia provienen Ismael e Isaac: el primero es considerado en la
tradición islámica como el ancestro de los pueblos árabes; el segundo, en la
tradición bíblica, es el padre del pueblo de Israel, y de Israel se origina el
cristianismo. Por tanto, judíos, cristianos y musulmanes comparten una raíz
común en Abram, lo que permite entender que la promesa de bendición trasciende
una identidad particular.
Ahora
bien, la frase “maldeciré a quienes te maldigan” plantea un desafío de
interpretación cuando se confronta con la ética del Nuevo Testamento. En el
evangelio se afirma:
“Pero
yo os digo: amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced
bien a los que os odian y orad por los que os persiguen” (Mateo 5:44).
Este
giro ético invita a reconsiderar el sentido de la “maldición” no como un
castigo externo divino, sino como una condición interna del sujeto que odia. En
esta línea, la primera carta del apóstol Juan enseña:
“Quien
odia a su hermano permanece en tinieblas, anda en tinieblas, y no sabe adónde
va, porque las tinieblas le han cegado los ojos” (1 Juan 2:11).
De
esta manera, la “maldición” se entiende como la consecuencia existencial de un
corazón que, por su propia voluntad, se aparta del amor; es la alienación del
mal que encadena al sujeto y lo aleja de la plenitud de la vida.
Finalmente,
la frase “y se bendecirán en ti todas las familias de la tierra” adquiere un
carácter programático en el desarrollo teológico de la Biblia. La bendición
prometida a Abram no se restringe a un solo grupo, sino que se expande hacia
una universalidad. La enseñanza de Jesús, al invitarnos a bendecir incluso a
nuestros enemigos, no solo reinterpreta la promesa, sino que la lleva a su
pleno cumplimiento: el Mesías desciende de Abram, y es por medio de su voluntad
que se reafirma y encarna la bendición para todas las familias de la tierra.