miércoles, 4 de noviembre de 2026

La viuda y el profeta

En tiempos de gran sequía, Dios envió al profeta Elías a Sarepta de Sidón, donde una viuda extranjera, ajena al pueblo de Israel, lo recibió y compartió con él lo poco que tenía:

“Mientras ella lo iba a buscar, la llamó y le dijo: «Tráeme también en la mano un pedazo de pan». Pero ella respondió: «¡Por la vida del Señor, tu Dios! No tengo pan cocido, sino sólo un puñado de harina en el tarro y un poco de aceite en el frasco. Apenas recoja un manojo de leña, entraré a preparar un pan para mí y para mi hijo; lo comeremos, y luego moriremos». Elías le dijo: «No temas. Ve a hacer lo que has dicho, pero antes prepárame con eso una pequeña galleta y tráemela; para ti y para tu hijo lo harás después. Porque así habla el Señor, el Dios de Israel: El tarro de harina no se agotará ni el frasco de aceite se vaciará, hasta el día en que el Señor haga llover sobre la superficie del suelo». Ella se fue e hizo lo que le había dicho Elías, y comieron ella, él y su hijo, durante un tiempo. El tarro de harina no se agotó ni se vació el frasco de aceite, conforme a la palabra que había pronunciado el Señor por medio de Elías.” (1 Reyes 17, 11-16). 

Este pasaje del Antiguo Testamento nos recuerda a tantas mujeres que hoy crían solas a sus hijos y enfrentan la difícil tarea de ser madres y proveedoras al mismo tiempo. La viuda de Sarepta conocía el cansancio, la incertidumbre y la preocupación por el alimento de su hijo. Sin embargo, en medio de su necesidad, también hubo lugar para compartir.

Hoy, algunas narrativas ideológicas alimentan prejuicios y juicios apresurados: se estigmatiza a las madres solteras o se reducen los conflictos familiares a disputas entre hombres y mujeres. En medio de estas realidades, la Iglesia proclama el valor del matrimonio sacramental, pero también está llamada a acoger, acompañar y servir a quienes viven situaciones familiares distintas, sin añadirles más cargas.

La vida no siempre transcurre como esperamos. Las familias pueden fragmentarse por la viudez, el abandono, la separación o circunstancias que no eligieron. Ninguna de estas realidades justifica el desprecio. Todos necesitamos misericordia, descanso y paz. ¿Tienes a tu padre y a tu madre? Da gracias a Dios. ¿Tienes esposo o esposa? Agradece su presencia. No sabemos cuándo la vida nos privará de quienes amamos. Por eso, no juzguemos con ligereza la realidad de los demás.

La Iglesia, como familia, debe construir comunidad y ser útil al prójimo. Una familia monoparental no necesita más condenas, sino compañía, apoyo y esperanza. Como en Sarepta, quizá la bendición de Dios también llegue a través de quienes saben compartir lo poco o mucho que tienen.

Al final, Dios nos llamó a servir a los demás.