lunes, 31 de agosto de 2026

La Iglesia, cuerpo de Cristo

 La conversión de Saulo de Tarso es descrita en los Hechos de los Apóstoles. Saulo recibió autorización de los sumos sacerdotes para perseguir y encarcelar a los cristianos, pero, rumbo a Damasco, tuvo una visión en la que se encontró con el Señor Jesucristo. Este encuentro lo dejó ciego y fue llevado a la ciudad, donde un discípulo llamado Ananías le impuso las manos para que recobrara la vista:

«Fue Ananías, entró en la casa, le impuso las manos y le dijo: “Saúl, hermano, me ha enviado a ti el Señor Jesús, el que se te apareció en el camino por donde venías, para que recobres la vista y seas lleno del Espíritu Santo”. Al instante cayeron de sus ojos unas como escamas, y recobró la vista; se levantó y fue bautizado». Hechos 9,17-18.

Según la tradición cristiana, este Ananías se convertiría posteriormente en obispo de Damasco. A veces no lo entendemos, pero la conversión puede ser así: conocer a Jesús puede ser un destello de luz que nos deja ciegos. Y más en estos días, cuando abundan las predicaciones y las congregaciones fragmentadas. ¿Qué debemos hacer después de una conversión? ¿A dónde debemos acudir? ¿Todo se reduce a guardarse de la impureza del mundo y hacer buenas obras? Aparentemente sí, pero estructuralmente no: existe una misión que debe completarse entre todos.

Sí, la salvación implica una decisión personal: yo decido cargar mi cruz y seguir a Jesús cada día. Sin embargo, ser discípulo también implica permanecer unidos. El disenso y la división no son un ejemplo que debamos seguir. La Iglesia de la promesa hecha a Pedro ha sido establecida con un propósito: hacer discípulos a todas las naciones. Esta misión comprende a las naciones que ya no existen, a las actuales y a las futuras.

Hay quienes no ven la belleza de la Iglesia en su cobertura. Podemos acudir a un templo católico en cualquier lugar de la República, del continente o del mundo y encontrarnos con una Iglesia que conserva la misma fe, los mismos sacramentos y una estructura vinculada a los apóstoles. En las celebraciones se proclaman las lecturas correspondientes al calendario litúrgico, y la Sagrada Comunión es administrada por presbíteros ordenados en comunión con sus obispos. Esta continuidad constituye un fruto del Espíritu que ofrece unidad y certeza desde los primeros siglos hasta hoy.

Pero el reto también corresponde a los congregantes y discípulos. Si no están formados, difícilmente podrán apreciar el sentido de la estructura eclesial y pueden terminar siendo llevados por cualquier corriente de pensamiento o credo que parezca más atractivo. La Nueva Alianza de Dios en Cristo, transmitida por los apóstoles, no depende de modas pasajeras, sino de una promesa eterna. Por eso, unidos por Jesús y por la promesa hecha a Pedro, seamos discípulos formados, capaces de formar a otros. San Pablo, antes Saulo, escribió:

«Para que no seamos ya niños, llevados a la deriva y zarandeados por cualquier viento de doctrina, a merced de la malicia humana y de la astucia que conduce engañosamente al error, antes bien, siendo sinceros en el amor, crezcamos en todo hasta Aquel que es la Cabeza, Cristo, de quien todo el Cuerpo recibe trabazón y cohesión por medio de toda clase de junturas que llevan la nutrición según la actividad propia de cada una de las partes, realizando así el crecimiento del cuerpo para su edificación en el amor». Efesios 4,14-16.

sábado, 1 de agosto de 2026

Una guerra en nuestra mente

«Si eres Hijo de Dios, tírate abajo, porque escrito está: “A sus ángeles mandará acerca de ti”, y “en sus manos te sostendrán para que tu pie no tropiece en piedra”» (Mateo 4:6; cf. Salmo 91:11-12). Es significativo que una de las tentaciones dirigidas a Jesús consistiera en arrojarse desde el pináculo del templo. El diablo utilizó incluso un pasaje de la Escritura para justificar su propuesta, pero Jesús respondió con otra cita bíblica: «No tentarás al Señor tu Dios» (Mateo 4:7; cf. Deuteronomio 6:16). La enseñanza es clara: no todo pensamiento que parece convincente o incluso religioso proviene de Dios. Debe ser discernido a la luz de la verdad.

La guerra espiritual no debe reducirse a imágenes de ángeles y demonios. La Biblia la presenta como una lucha que también ocurre en el interior de la persona. «Nuestra lucha no es contra sangre y carne» (Efesios 6:12), sino contra aquello que pretende apartarnos de la verdad y de la esperanza. La mente puede convertirse en un campo de batalla donde aparecen pensamientos de miedo, desesperanza o inutilidad. El hecho de que un pensamiento llegue a nuestra mente no significa que sea verdadero ni que deba gobernar nuestra vida. Por eso san Pablo exhorta a llevar «cautivo todo pensamiento a la obediencia de Cristo» (2 Corintios 10:5).

La espiritualidad auténtica nos ayuda a discernir esas voces interiores. En cambio, muchas espiritualidades contemporáneas prometen bienestar inmediato, pero carecen de raíces profundas. Jesús comparó esa fe superficial con la semilla que brota rápidamente y luego se seca porque no tiene raíz (Mateo 13:20-21). La fe vivida en comunidad, alimentada por la Escritura, la oración y los sacramentos, ofrece un fundamento más sólido para afrontar el sufrimiento.

Toda persona necesita creer en algo para dar sentido a su existencia. Incluso quien rechaza una religión suele construir una visión personal basada en el éxito, el reconocimiento, las relaciones o cualquier otro ideal. Sin embargo, cuando esa imagen de sí mismo se derrumba por un fracaso, una pérdida o una enfermedad, también puede desmoronarse el sentido de la vida. Entonces aparecen la decepción, la tristeza profunda y, en algunos casos, pensamientos de acabar con la propia vida. Aunque por fuera todo parezca normal, por dentro la persona puede sentirse encerrada en una prisión de soledad y desesperanza.

Precisamente en esos momentos la fe cristiana ofrece una esperanza distinta. La Escritura afirma: «Cercano está el Señor a los quebrantados de corazón» (Salmo 34:18). Dios no abandona a quien sufre, sino que puede transformar el momento de mayor fragilidad en el inicio de una vida nueva. San Pablo expresó esta experiencia cuando escribió: «Todo lo considero pérdida por la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor» (Filipenses 3:8). Lo que parecía el final se convirtió en un nuevo comienzo.

Por eso, cuando una persona experimenta pensamientos suicidas, la respuesta cristiana no consiste en enfrentar el dolor en soledad, sino en buscar ayuda. La oración, la comunidad de fe, la familia y el acompañamiento profesional pueden actuar juntos para sostener la vida. Pedir ayuda no es un signo de debilidad, sino un acto de esperanza. Así como Jesús respondió a la tentación con la verdad de la Palabra de Dios, también nosotros estamos llamados a rechazar las voces que conducen a la muerte y a abrazar la esperanza que conduce a la vida.