«Si eres Hijo de Dios, tírate abajo, porque escrito está: “A sus ángeles mandará acerca de ti”, y “en sus manos te sostendrán para que tu pie no tropiece en piedra”» (Mateo 4:6; cf. Salmo 91:11-12). Es significativo que una de las tentaciones dirigidas a Jesús consistiera en arrojarse desde el pináculo del templo. El diablo utilizó incluso un pasaje de la Escritura para justificar su propuesta, pero Jesús respondió con otra cita bíblica: «No tentarás al Señor tu Dios» (Mateo 4:7; cf. Deuteronomio 6:16). La enseñanza es clara: no todo pensamiento que parece convincente o incluso religioso proviene de Dios. Debe ser discernido a la luz de la verdad.
La
guerra espiritual no debe reducirse a imágenes de ángeles y demonios. La Biblia
la presenta como una lucha que también ocurre en el interior de la persona.
«Nuestra lucha no es contra sangre y carne» (Efesios 6:12), sino contra aquello
que pretende apartarnos de la verdad y de la esperanza. La mente puede
convertirse en un campo de batalla donde aparecen pensamientos de miedo,
desesperanza o inutilidad. El hecho de que un pensamiento llegue a nuestra
mente no significa que sea verdadero ni que deba gobernar nuestra vida. Por eso
san Pablo exhorta a llevar «cautivo todo pensamiento a la obediencia de Cristo»
(2 Corintios 10:5).
La
espiritualidad auténtica nos ayuda a discernir esas voces interiores. En
cambio, muchas espiritualidades contemporáneas prometen bienestar inmediato,
pero carecen de raíces profundas. Jesús comparó esa fe superficial con la
semilla que brota rápidamente y luego se seca porque no tiene raíz (Mateo
13:20-21). La fe vivida en comunidad, alimentada por la Escritura, la oración y
los sacramentos, ofrece un fundamento más sólido para afrontar el sufrimiento.
Toda
persona necesita creer en algo para dar sentido a su existencia. Incluso quien
rechaza una religión suele construir una visión personal basada en el éxito, el
reconocimiento, las relaciones o cualquier otro ideal. Sin embargo, cuando esa
imagen de sí mismo se derrumba por un fracaso, una pérdida o una enfermedad,
también puede desmoronarse el sentido de la vida. Entonces aparecen la
decepción, la tristeza profunda y, en algunos casos, pensamientos de acabar con
la propia vida. Aunque por fuera todo parezca normal, por dentro la persona
puede sentirse encerrada en una prisión de soledad y desesperanza.
Precisamente
en esos momentos la fe cristiana ofrece una esperanza distinta. La Escritura
afirma: «Cercano está el Señor a los quebrantados de corazón» (Salmo 34:18).
Dios no abandona a quien sufre, sino que puede transformar el momento de mayor
fragilidad en el inicio de una vida nueva. San Pablo expresó esta experiencia
cuando escribió: «Todo lo considero pérdida por la excelencia del conocimiento
de Cristo Jesús, mi Señor» (Filipenses 3:8). Lo que parecía el final se
convirtió en un nuevo comienzo.
Por
eso, cuando una persona experimenta pensamientos suicidas, la respuesta
cristiana no consiste en enfrentar el dolor en soledad, sino en buscar ayuda.
La oración, la comunidad de fe, la familia y el acompañamiento profesional
pueden actuar juntos para sostener la vida. Pedir ayuda no es un signo de
debilidad, sino un acto de esperanza. Así como Jesús respondió a la tentación
con la verdad de la Palabra de Dios, también nosotros estamos llamados a
rechazar las voces que conducen a la muerte y a abrazar la esperanza que
conduce a la vida.