La conversión de Saulo de Tarso es descrita en los Hechos de los Apóstoles. Saulo recibió autorización de los sumos sacerdotes para perseguir y encarcelar a los cristianos, pero, rumbo a Damasco, tuvo una visión en la que se encontró con el Señor Jesucristo. Este encuentro lo dejó ciego y fue llevado a la ciudad, donde un discípulo llamado Ananías le impuso las manos para que recobrara la vista:
«Fue Ananías, entró en la casa, le
impuso las manos y le dijo: “Saúl, hermano, me ha enviado a ti el Señor Jesús,
el que se te apareció en el camino por donde venías, para que recobres la vista
y seas lleno del Espíritu Santo”. Al instante cayeron de sus ojos unas como
escamas, y recobró la vista; se levantó y fue bautizado». Hechos 9,17-18.
Según la tradición cristiana, este
Ananías se convertiría posteriormente en obispo de Damasco. A veces no lo
entendemos, pero la conversión puede ser así: conocer a Jesús puede ser un
destello de luz que nos deja ciegos. Y más en estos días, cuando abundan las
predicaciones y las congregaciones fragmentadas. ¿Qué debemos hacer después de
una conversión? ¿A dónde debemos acudir? ¿Todo se reduce a guardarse de la
impureza del mundo y hacer buenas obras? Aparentemente sí, pero
estructuralmente no: existe una misión que debe completarse entre todos.
Sí, la salvación implica una
decisión personal: yo decido cargar mi cruz y seguir a Jesús cada día. Sin
embargo, ser discípulo también implica permanecer unidos. El disenso y la
división no son un ejemplo que debamos seguir. La Iglesia de la promesa hecha a
Pedro ha sido establecida con un propósito: hacer discípulos a todas las
naciones. Esta misión comprende a las naciones que ya no existen, a las
actuales y a las futuras.
Hay quienes no ven la belleza de la
Iglesia en su cobertura. Podemos acudir a un templo católico en cualquier lugar
de la República, del continente o del mundo y encontrarnos con una Iglesia que
conserva la misma fe, los mismos sacramentos y una estructura vinculada a los
apóstoles. En las celebraciones se proclaman las lecturas correspondientes al
calendario litúrgico, y la Sagrada Comunión es administrada por presbíteros
ordenados en comunión con sus obispos. Esta continuidad constituye un fruto del
Espíritu que ofrece unidad y certeza desde los primeros siglos hasta hoy.
Pero el reto también corresponde a
los congregantes y discípulos. Si no están formados, difícilmente podrán
apreciar el sentido de la estructura eclesial y pueden terminar siendo llevados
por cualquier corriente de pensamiento o credo que parezca más atractivo. La
Nueva Alianza de Dios en Cristo, transmitida por los apóstoles, no depende de
modas pasajeras, sino de una promesa eterna. Por eso, unidos por Jesús y por la
promesa hecha a Pedro, seamos discípulos formados, capaces de formar a otros.
San Pablo, antes Saulo, escribió:
«Para que no seamos ya niños,
llevados a la deriva y zarandeados por cualquier viento de doctrina, a merced
de la malicia humana y de la astucia que conduce engañosamente al error, antes
bien, siendo sinceros en el amor, crezcamos en todo hasta Aquel que es la
Cabeza, Cristo, de quien todo el Cuerpo recibe trabazón y cohesión por medio de
toda clase de junturas que llevan la nutrición según la actividad propia de
cada una de las partes, realizando así el crecimiento del cuerpo para su
edificación en el amor». Efesios 4,14-16.