lunes, 29 de junio de 2026

Estatua de sal

 “Y de esta manera me esforcé a predicar el evangelio, no donde Cristo ya había sido nombrado, para no edificar sobre fundamento ajeno; sino, como está escrito: ‘Aquellos a quienes nunca les fue anunciado acerca de él, verán; y los que nunca han oído de él, entenderán.’” (Romanos 15:20-21).

Me gusta este pasaje porque San Pablo describe una forma auténtica de evangelizar: anunciar a Jesucristo allí donde aún no ha sido conocido, en lugar de construir sobre el trabajo que otros ya realizaron.

Hoy encontramos predicadores de toda clase de corrientes y congregaciones. En nuestras ciudades, en internet e incluso en videos de TikTok hechos por musulmanes se habla de Jesús. Sin embargo, muchas veces no anuncian a Cristo sino una interpretación distinta de las Escrituras. Cada grupo añade su propia visión sobre un fundamento que ya existe en sociedades de tradición cristiana.

El resultado se parece al mercado de cualquier producto: hay tanta oferta y tanta propaganda que el mensaje principal termina perdiéndose. En lugar de anunciar la vida, muerte y resurrección de Jesucristo, abundan los discursos sobre el fin del mundo, el anticristo o interminables debates acerca de qué prácticas son bíblicas y cuáles no. Así, el evangelio queda relegado a discusiones secundarias que, con frecuencia, generan más división que comunión.

Entonces surge la pregunta: ¿cómo anunciar hoy a Jesús en medio de tantas voces? Vivimos en una cultura donde la lógica democrática se ha trasladado al ámbito religioso: cualquiera puede proclamarse predicador y legitimar su doctrina con los versículos que selecciona; en la práctica, todos pueden “votar y ser votados”. Con ello suele dejarse de lado el orden que Cristo estableció al confiar su Iglesia a los apóstoles y, por medio de ellos, a obispos y presbíteros. No es fácil, porque los marcos de pensamiento son muy distintos.

Quizá la forma más eficaz de anunciar a Cristo siga siendo la misma de siempre: una vida de caridad, humildad, pureza y coherencia. Los discursos pueden olvidarse, pero el buen ejemplo permanece. No busques atraer a las personas aprobando aquello que contradice el evangelio―quedarás como farsante cuando conozcan la verdad―, tampoco gastes tus fuerzas discutiendo sobre las creencias ajenas por más reprobadas que te parezcan. Dios no te llamó a vivir pendiente de los demás; te llamó a vivir en Él.

Habrá personas que, aunque hoy estén lejos de Dios, tengan un hambre sincera de conocerlo. Cuando pregunten con un corazón dispuesto, será el momento de compartir el evangelio con humildad y amor. Pero si las preguntas solo buscan provocar o hacerte caer, no vale la pena entrar en esa discusión. Mantén la mirada puesta en el Reino de Dios. No te hará más santo mirar constantemente hacia Sodoma y Gomorra para intentar convencer a todos; no sea que, como la esposa de Lot, termines convertido en estatua de sal.

Recuerda, además, que ni la obra ni las almas te pertenecen: pertenecen a Dios. A ti solo te corresponde sembrar la semilla cuando llegue el momento oportuno. Otro regará, otro cosechará, y quizá algún recién convertido recuerde tu buen ejemplo cuando Dios le conceda la gracia de contemplar su Reino.