“Y de esta manera me esforcé a predicar el evangelio, no donde Cristo ya había sido nombrado, para no edificar sobre fundamento ajeno; sino, como está escrito: ‘Aquellos a quienes nunca les fue anunciado acerca de él, verán; y los que nunca han oído de él, entenderán.’” (Romanos 15:20-21).
Me gusta este pasaje porque San
Pablo describe una forma auténtica de evangelizar: anunciar a Jesucristo allí
donde aún no ha sido conocido, en lugar de construir sobre el trabajo que otros
ya realizaron.
Hoy encontramos predicadores de
toda clase de corrientes y congregaciones. En nuestras ciudades, en internet e
incluso en videos de TikTok hechos por musulmanes se habla de Jesús. Sin
embargo, muchas veces no anuncian a Cristo sino una interpretación distinta de
las Escrituras. Cada grupo añade su propia visión sobre un fundamento que ya
existe en sociedades de tradición cristiana.
El resultado se parece al mercado
de cualquier producto: hay tanta oferta y tanta propaganda que el mensaje
principal termina perdiéndose. En lugar de anunciar la vida, muerte y
resurrección de Jesucristo, abundan los discursos sobre el fin del mundo, el
anticristo o interminables debates acerca de qué prácticas son bíblicas y
cuáles no. Así, el evangelio queda relegado a discusiones secundarias que, con
frecuencia, generan más división que comunión.
Entonces surge la pregunta: ¿cómo
anunciar hoy a Jesús en medio de tantas voces? Vivimos en una cultura donde la
lógica democrática se ha trasladado al ámbito religioso: cualquiera puede
proclamarse predicador y legitimar su doctrina con los versículos que
selecciona; en la práctica, todos pueden “votar y ser votados”. Con ello suele
dejarse de lado el orden que Cristo estableció al confiar su Iglesia a los
apóstoles y, por medio de ellos, a obispos y presbíteros. No es fácil, porque
los marcos de pensamiento son muy distintos.
Quizá la forma más eficaz de
anunciar a Cristo siga siendo la misma de siempre: una vida de caridad,
humildad, pureza y coherencia. Los discursos pueden olvidarse, pero el buen
ejemplo permanece. No busques atraer a las personas aprobando aquello que
contradice el evangelio―quedarás como farsante cuando conozcan la verdad―, tampoco
gastes tus fuerzas discutiendo sobre las creencias ajenas por más reprobadas
que te parezcan. Dios no te llamó a vivir pendiente de los demás; te llamó a
vivir en Él.
Habrá personas que, aunque hoy
estén lejos de Dios, tengan un hambre sincera de conocerlo. Cuando pregunten
con un corazón dispuesto, será el momento de compartir el evangelio con
humildad y amor. Pero si las preguntas solo buscan provocar o hacerte caer, no
vale la pena entrar en esa discusión. Mantén la mirada puesta en el Reino de
Dios. No te hará más santo mirar constantemente hacia Sodoma y Gomorra para
intentar convencer a todos; no sea que, como la esposa de Lot, termines
convertido en estatua de sal.
Recuerda, además, que ni la obra ni
las almas te pertenecen: pertenecen a Dios. A ti solo te corresponde sembrar la
semilla cuando llegue el momento oportuno. Otro regará, otro cosechará, y quizá
algún recién convertido recuerde tu buen ejemplo cuando Dios le conceda la
gracia de contemplar su Reino.