Constantemente escuchamos en los medios de comunicación sobre la crisis hídrica que vive Hermosillo: no hay suficiente agua y pareciera que, si la ciudad continúa, es casi de puro milagro. A esto se suman el encarecimiento de la vivienda, la delincuencia y la drogadicción. En medio de esta diversidad de crisis, algunas voces —particularmente desde posturas que se asumen como empoderadas— exhortan a otros: “no traigas más hijos al mundo, ¿no ves cómo están las cosas?”.
Ahora bien, imaginemos cómo
debieron ser las tierras desérticas de Israel: el acceso limitado al agua, a la
justicia y a la vivienda. Y aun así, las mujeres concebían hijos, ya fuera por
ignorancia, por conveniencia, por amor, por presión social o incluso contra su
voluntad. Pero el asunto iba más allá: a las jóvenes acusadas de conducta
desordenada no se les corregía, se les condenaba a muerte por lapidación
(Deuteronomio 22, 20-21).
En medio de aquel mundo tan
distinto al nuestro, pero con necesidades profundamente similares, María fue
invitada a la maternidad y aceptó (Lucas 1, 38). Y como si las adversidades
cotidianas no fueran suficientes, su historia se vio marcada por la persecución,
ante la amenaza de Herodes, quien ordenó la muerte de infantes (Mateo 2, 13; Mateo
2, 16).
De entrada, hay que reconocer el
milagro que implica la maternidad en contextos tan vulnerables: lugares sin
pediatras, sin agua potable, sin condiciones mínimas de bienestar. Hoy
podríamos imaginar esas periferias donde abundan más las carencias que las
certezas, donde incluso pedir ayuda inmediata resulta difícil.
Entonces surge una pregunta: ¿por
qué la madre del Mesías tuvo que atravesar una prueba tan grande? Moisés, por
ejemplo, vivió su infancia bajo la protección de la hija del faraón, en un
entorno de relativa seguridad (Éxodo 2, 5-10). ¿Por qué no conceder a María
condiciones semejantes, si llevaba en su seno al Rey?
Tal vez porque, de ese modo, Dios
quiso manifestar que está del lado de los marginados y de las víctimas. No
desde la distancia, sino desde la experiencia concreta de la vulnerabilidad.
Incluso hasta el extremo del sufrimiento más injusto: la muerte de un hijo
inocente en la cruz (Juan 19, 25). Esa es una lección tan profunda como
exigente.
¿Qué necesidad había de venir a
padecer lo que muchos padecen y a llorar lo que muchos lloran? Dios nos muestra
que la injusticia brota del mundo, mientras que la esperanza proviene de su
gracia; y que incluso la más pequeña, la más joven, la más vulnerable —la que
gesta un hijo— puede ser dichosa en medio de un mundo tan oscuro.
María, por su parte, abrazó la fe
como un tesoro: “Proclama mi alma la grandeza del Señor” (Lucas 1, 46-48). Y
así como cuidó del Mesías, también procurará nuestro amparo. Desde la cruz,
Jesús dijo al discípulo: “Mujer, ahí tienes a tu hijo… ahí tienes a tu madre”
(Juan 19, 26-27). Podría entenderse como el cumplimiento de una promesa; aunque
también cabe pensar que esta otra maternidad ya había sido acogida por María
desde antes: asumir y revivir el dolor y la súplica de madre por cualquier hijo
que esté lejos. Y ella lo aceptó.