domingo, 11 de noviembre de 2018

El faraón (parte dos)


            Recientemente compartí una reflexión sobre el faraón de Egipto, hombre que oprimió al pueblo de Israel cuando este se multiplicó y supero en número a los egipcios. El faraón suponía que los hebreos en algún momento se sumarian a sus enemigos y bajo este supuesto los consideraba una amenaza. Por las cartas de San Pablo sabemos que los hebreos permanecieron cuatrocientos años en Egipto, es notorio que faraón nunca considero a los hebreos como parte de su pueblo. El temor del faraón bajo sus propias suposiciones lo hace ir no solo en contra de los hebreos, sino también, en contra de los no nacidos; 
            "Luego el rey de Egipto se dirigió a las parteras de las hebreas, una de las cuales se llamaba Sifrá y la otra Púa; les dijo: “Cuando asistan a las hebreas, y ellas se pongan de cuclillas sobre las dos piedras, fíjense bien: si es niño, háganlo morir; y si es niña, déjenla con vida”. Pero las parteras temían a Dios, y no hicieron lo que les había mandado el rey de Egipto, sino que dejaron con vida a los niños. Entonces el rey llamó a las parteras y les dijo: “¿Por qué han actuado así, dejando con vida a los niños?”. Las parteras respondieron: “Es que las mujeres hebreas no son como las egipcias. Son más robustas y dan a luz antes de que llegue la partera”. Dios estaba con las parteras, así que el pueblo creció y llegó a ser muy fuerte; y a las parteras, por haber temido a Dios, les concedió numerosa descendencia. Entonces Faraón dio esta orden a todo el pueblo: “Echen al río a todo niño nacido de los hebreos, pero a las niñas déjenlas con vida” (Éxodo, 1:15-22).
            El tema se vuelve actual si lo cotejamos con la realidad que vivimos hoy en día; el derecho a la vida, pues, quienes se ostentan de ser una generación progresista promoviendo la interrupción del embarazo, en realidad están promoviendo actitudes similares a las del faraón, promoviendo leyes, obligando a los parteros, a los médicos, a que perviertan su profesión haciendo del lugar de parto un matadero, un rastro.
            Quien busca el aborto es un ser que tiene temor al futuro, igual que el faraón, tiene temor amar, temor a contemplar la vida que viene y disfrutarla.
            La vida no puede ser vivida bajo un elitismo que nos invita a sostener nuestro egoísmo cerrando paso a la vida. Hay una luz de vida que se refleja en el rostro del que nace, esa luz nos mueve y motiva, es el recién nacido indefenso que depende del afecto de todos nosotros. El aborto es la consecuencia de la carencia del afecto social, de una comunidad que se niega a recibir más miembros y se confabula para matarlos.   
            Siempre habrá apologías del aborto; “permitirlo para evitar la muerte de mujeres en abortos clandestinos”, pero simplemente debemos considerar, estas mujeres pudiesen estar vivas si hubiesen decidido dar a luz en un centro de salud, pero prefirieron exponerse al peligro, su deseo fue asesinar al ser de sus entrañas y  recibieron el mismo pago; “todos los que pelean con la espada, también a espada morirán”. Esas mujeres que fallecieron por un aborto clandestino necesitaron la predicación de algún discípulo de Jesús, que fuese luz y guía, profeta del mensaje de esperanza para vencer los dardos del tentador.