domingo, 13 de octubre de 2019

El Templo de Salomón


Después de la muerte del rey David fue Salomón su sucesor y este logró construir un templo para Dios en la ciudad de Jerusalén. La construcción inicio en el mes hebreo de Ziv (abril – mayo) y siete años después fue concluido en el mes de Bul (octubre – noviembre). Salomón hizo traer todo lo consagrado por David su padre, la plata, el oro y los objetos, y lo depositó entre los tesoros del templo. Congrego a los jefes de las tribus hebreas para hacer traer el arca de la alianza desde la ciudad de Sion, la ciudad de David, hasta Jerusalén. El rey Salomón y el pueblo de Israel sacrificaron ante el arca ovejas y bueyes en un número incalculable. Los sacerdotes introdujeron el arca hasta el santuario del templo, colocándola en el Santo de los Santos (en el arca estaban las dos tablas de piedra que Moisés depositó allí cuando Dios estableció su alianza sacándolos de Egipto). Cuando los sacerdotes salieron del templo la gloria de Dios inundó aquel lugar, Salomón ofreció un discurso en acción de gracias, concretando el deseo de su padre, David y la profecía de Natán, construir el templo (estos eventos se encuentran en los capítulos 5 al 8 del 1er libro de Reyes).
            Es dentro de este episodio cuando el templo de Jerusalén se vuelve en el lugar del perdón para el pueblo de Israel. Un breve fragmento de la suplica de Salomón, expresa:
            “Dios mío, que tus ojos estén abiertos día y noche sobre esta Casa, sobre este lugar del cual has dicho: “Allí habitará mi Nombre”. Escucha la oración que hará tu servidor en este lugar. Escucha la súplica de tu servidor y de tu pueblo Israel cuando vengan a orar a este lugar. Escúchala desde lo alto del cielo, del lugar donde tú habitas, escucha y perdona” (1era de Reyes 8:29,30).
            El templo de Jerusalén es sin duda una figura que otorga unidad al pueblo de Israel y los congrega en torno a su fe y su cultura. Aunque la sociedad moderna opte por vivir una fe individual; “lo que yo creo, donde yo diga y cuando yo quiera”. En el pensamiento judío – cristiano no hay lugar para una fe individual de modo absoluto, la fe se vive de modo plural e individual. El concepto “pueblo de Dios” o “Iglesia” se refiere a multitudes, no solo a dos personas: “Dios y yo”.    
            En el antiguo testamento el templo no es simplemente un orgullo nacional, el inmueble se vuelve en una especie de “sacramento” para el pueblo de Israel, un elemento físico donde los hebreos manifiestan su arrepentimiento y buscan el perdón, y esto no es un azar, pues fue en ese lugar –Jerusalén y su templo- donde el pueblo de Israel pudo encontrarse con Cristo, escucharlo y manifestarle su arrepentimiento.
            En la nueva alianza los elementos simbólicos que nos unen al antiguo testamento son; la necesidad de un templo para orar en comunidad, la necesidad de un sacerdocio que consagre la ofrenda –el pan y el vino- en nombre del pueblo y por orden de Dios, la necesidad de un lugar Santo dentro de lo Santo para depositar ahí el motivo de nuestra alianza; el pan eucarístico (para los hebreos las tablas de Moisés), y obviamente, la necesidad de recibir la absolución y la reconciliación, pues hemos pecado ofendiendo a Dios pero también nos ofendemos entre nosotros.
            Fue en el templo de Jerusalén donde Cristo se refirió a su cuerpo como un templo “destruyan este templo y lo edifico en tres días”, los judíos pensaron que él se refería al templo de Jerusalén. Actualmente, el judaísmo ve en el templo un símbolo de unidad religiosa, mientras que, el pueblo católico –independientemente del inmueble- ve al cuerpo de Cristo como el cimiento que le otorga la unidad de fe, me estoy refiriendo a la eucaristía.