domingo, 20 de octubre de 2019

La vida de Salomón


En el primer libro de los reyes encontramos episodios importantes sobre la vida del rey Salomón. Tras convertirse en sucesor de su padre, el rey David, pudo consolidar su corona y construir el templo de Dios en Jerusalén. La Sagrada Escritura narra tres períodos dentro de la vida de Salomón que son un paralelo importante y sirven de referencia en la vida espiritual de todo creyente. Estos episodios son su prosperidad y sabiduría, su tibieza y su dobles, su caída, y en paralelo gracia y espíritu, tibieza y dobles en la tentación, caída tras cometer el pecado.  
            El primer período es descrito en el capítulo diez. Salomón es famoso por su sabiduría y los pueblos circunvecinos acuden a visitarlo para recibir sus consejos, el mundo lo halaba como “el gran sabio”, le tributan honores con oro y regalos. La reina de Sabá expresó: “¡Realmente era verdad todo lo que había oído decir en mi país de ti y de tu sabiduría!. No creía lo que se decía sin antes verlo con mis propios ojos, pero es un hecho que no me habían dicho ni la mitad. Tú superas en sabiduría y en gloria lo que tu fama me había transmitido” (v. 6,7). En este período Salomón se convierte en un “pre-evangelizador” por las virtudes que el espíritu ha puesto en él, sabio y justo. Sus virtudes son el motivo de influencia para otros, los atrae y sin necesidad de esforzarse en convencer alguno, los paganos conocen y halaban al Dios verdadero.
            En el segundo período, Salomón pierde el primer amor por Dios, lentamente su corazón se fue apartando de Él. Se entiende que Salomón tuvo contacto con muchos pueblos paganos, ese sincretismo lo absorbió. La biblia describe como su gusto por las mujeres lo arrastró y su fe pasó del monoteísmo al politeísmo: “Salomón siguió a Astarté, la diosa de los sidonios y a Milcom, la abominación de los amorreos. Hizo lo que no gusta a Dios en vez de obedecer perfectamente como su padre David. Por ese entonces construyó en el cerro, al este de Jerusalén, un santuario a Quemos, la abominación de Moab, y otro a Milcom, la abominación de los amorreos. Eso hizo para todas sus mujeres extranjeras que ofrecían incienso y sacrificios a sus dioses” (v. 5-8). Los dones del espíritu no pueden ser mantenidos por meras apariencias o raciocinios intelectuales, estas virtudes son fruto de una vida de oración. Ningún hombre –ni Salomón, ni el sucesor de San Pedro- pueden fiarse de tener una vida espiritual asegurada por tener cargo eminente en las cosas de Dios. En esta lucha interna, el corazón humano es absorbido por la gracia de Dios o por el pecado que está en el mundo.     
            El último episodio proporciona el origen de la división del pueblo de Israel con la revuelta de Jeroboán. El profeta Ajiás lanza una profecía afirmando que las doce tribus de Israel quedaran divididas, diez tribus para Jeroboán y dos para Salomón (1era de reyes 11:26-40).
            Aunque los hagiógrafos asociaron en una secuencia de eventos el politeísmo de Salomón con la división del reino de Israel no debemos pensar que Dios actúo por venganza, sino considerar que el pensamiento antiguo desea otorgarnos esta enseñanza: el pecado trae división, entre Dios y yo, entre mis hermanos y yo, entre la piedad y yo.
            Reflexionemos en el caso de Salomón; ¿Cuándo fue de mayor provecho Salomón para los paganos?, ¿Cuándo fue íntegro ante Dios en medio de los paganos? O ¿Cuándo por seguir a los paganos mermo su integridad ante Dios?, llevémoslo a nosotros; ¿Cuándo es de mayor provecho un sacerdote y un creyente para los incrédulos?, ¿Cuándo vive la gracia en medio de ellos?, o ¿Cuándo por complacer a los incrédulos se merma en la gracia?.