La afirmación “orar no sirve de nada si no ayudas” suele presentarse como una crítica moral, pero en realidad expresa una comprensión limitada de la experiencia humana frente al sufrimiento y, en particular, frente a las enfermedades incurables. La oración no compite con la acción ni sustituye la ayuda concreta; posee un valor propio, distinto y complementario. Negarla como inútil es desconocer tanto su dimensión espiritual como sus efectos reales en la vida de quienes la practican.
Ante una muerte, una
enfermedad incurable, una pérdida o una ruptura, la acción material —repartir
pan, cobijas o brindar asistencia— es necesaria, pero insuficiente para sanar
el quiebre interior. La oración cumple una función que ninguna acción externa
puede reemplazar: ayuda a cargar el dolor. Permite atravesar el sufrimiento,
ordenar la angustia, confrontar el miedo y reconciliarse con los propios
límites. En ese sentido, no elimina la enfermedad, pero sí transforma la manera
de vivirla. Quien afirma “orar no sirve de nada” suele hacerlo desde la
distancia del dolor profundo; quien lo ha experimentado sabe que la oración no
es un acto decorativo, sino una necesidad existencial.
Esta tensión entre
oración y acción no es nueva. De acuerdo con O’Hara (2002), Basilio de Cesarea
(329–379 d. C.), considerado fundador de uno de los primeros hospitales,
enfrentó un cuestionamiento similar cuando un monje dudó de la legitimidad de
usar hierbas medicinales junto con la oración, bajo el argumento de que la
enfermedad era voluntad de Dios. Basilio respondió que tanto las hierbas
medicinales como la oración eran dones de la providencia divina. Así como la
agricultura fue desarrollada para aliviar el hambre, las artes medicinales
surgieron para aliviar el sufrimiento humano; ambas son fruto de la
inteligencia otorgada por Dios. Rechazar una u otra, sostenía Basilio, equivale
a rechazar la beneficencia del Creador.
La investigación
científica contemporánea refuerza esta visión integradora. Según la revisión
bibliográfica realizada en 2016 por Talita Prado Simão, Sílvia Caldeira y
Emilia Campos de Carvalho, publicada por la editorial académica suiza MDPI, la
oración fue identificada como un factor positivo en siete estudios. Entre los
efectos observados se encuentran la reducción de la ansiedad en madres de niños
con cáncer, la disminución de la preocupación en personas que creen en una
solución a su problema y la mejora del funcionamiento físico en pacientes que
creen en la oración. Las autoras concluyen que la oración constituye una
intervención y un recurso no farmacológico que debe incorporarse a la atención integral
orientada al bienestar del paciente.
En este contexto, la
oración no debe entenderse como una alternativa excluyente a la ayuda concreta
ni como una fórmula mágica para obtener milagros, sino como una práctica que
fortalece interiormente a quien enfrenta lo incurable. Orar sin fe, ciertamente,
no sirve de nada; orar con fe no garantiza la curación, pero sí ofrece sentido,
consuelo y resistencia espiritual. Frente al sufrimiento extremo, la oración no
reemplaza la acción, pero la completa. Y en el camino de Dios, no basta el
activismo ni la consigna moral: hace falta profundidad, experiencia y fe.