sábado, 3 de enero de 2026

La oración frente al sufrimiento

La afirmación “orar no sirve de nada si no ayudas” suele presentarse como una crítica moral, pero en realidad expresa una comprensión limitada de la experiencia humana frente al sufrimiento y, en particular, frente a las enfermedades incurables. La oración no compite con la acción ni sustituye la ayuda concreta; posee un valor propio, distinto y complementario. Negarla como inútil es desconocer tanto su dimensión espiritual como sus efectos reales en la vida de quienes la practican.

Ante una muerte, una enfermedad incurable, una pérdida o una ruptura, la acción material —repartir pan, cobijas o brindar asistencia— es necesaria, pero insuficiente para sanar el quiebre interior. La oración cumple una función que ninguna acción externa puede reemplazar: ayuda a cargar el dolor. Permite atravesar el sufrimiento, ordenar la angustia, confrontar el miedo y reconciliarse con los propios límites. En ese sentido, no elimina la enfermedad, pero sí transforma la manera de vivirla. Quien afirma “orar no sirve de nada” suele hacerlo desde la distancia del dolor profundo; quien lo ha experimentado sabe que la oración no es un acto decorativo, sino una necesidad existencial.

Esta tensión entre oración y acción no es nueva. De acuerdo con O’Hara (2002), Basilio de Cesarea (329–379 d. C.), considerado fundador de uno de los primeros hospitales, enfrentó un cuestionamiento similar cuando un monje dudó de la legitimidad de usar hierbas medicinales junto con la oración, bajo el argumento de que la enfermedad era voluntad de Dios. Basilio respondió que tanto las hierbas medicinales como la oración eran dones de la providencia divina. Así como la agricultura fue desarrollada para aliviar el hambre, las artes medicinales surgieron para aliviar el sufrimiento humano; ambas son fruto de la inteligencia otorgada por Dios. Rechazar una u otra, sostenía Basilio, equivale a rechazar la beneficencia del Creador.

La investigación científica contemporánea refuerza esta visión integradora. Según la revisión bibliográfica realizada en 2016 por Talita Prado Simão, Sílvia Caldeira y Emilia Campos de Carvalho, publicada por la editorial académica suiza MDPI, la oración fue identificada como un factor positivo en siete estudios. Entre los efectos observados se encuentran la reducción de la ansiedad en madres de niños con cáncer, la disminución de la preocupación en personas que creen en una solución a su problema y la mejora del funcionamiento físico en pacientes que creen en la oración. Las autoras concluyen que la oración constituye una intervención y un recurso no farmacológico que debe incorporarse a la atención integral orientada al bienestar del paciente.

En este contexto, la oración no debe entenderse como una alternativa excluyente a la ayuda concreta ni como una fórmula mágica para obtener milagros, sino como una práctica que fortalece interiormente a quien enfrenta lo incurable. Orar sin fe, ciertamente, no sirve de nada; orar con fe no garantiza la curación, pero sí ofrece sentido, consuelo y resistencia espiritual. Frente al sufrimiento extremo, la oración no reemplaza la acción, pero la completa. Y en el camino de Dios, no basta el activismo ni la consigna moral: hace falta profundidad, experiencia y fe.

domingo, 30 de noviembre de 2025

Abraham: oración, Palabra y misión que funda una comunidad

En una ocasión le pedí a Dios que me mostrara algún pasaje del Antiguo Testamento donde pudiera vislumbrar la Trinidad. Aunque mi petición era, cuando menos, poco común, la respuesta llegó de manera inesperada: a mi mente vino, sin saber por qué, la palabra “Mambré”. Luego descubrí que varios Padres de la Iglesia —como San Agustín, San Ambrosio y San Hilario— vieron precisamente en Mambré una teofanía que prefigura el misterio trinitario. El pasaje se encuentra en el libro del Génesis:

Dios se presentó a Abrahán junto a los árboles de Mambré mientras estaba sentado a la entrada de su tienda, a la hora más calurosa del día. Al levantar sus ojos, Abrahán vio a tres hombres que estaban parados a poca distancia. En cuanto los vio, corrió hacia ellos y se postró en tierra, diciendo: «Señor mío, si me haces el favor, te ruego que no pases al lado de tu servidor sin detenerte. Les haré traer un poco de agua para que se laven los pies y descansen bajo estos árboles. Les haré traer un poco de pan para que recuperen sus fuerzas, antes de proseguir su viaje, pues creo que para esto pasaron ustedes por mi casa.» Ellos respondieron: «Haz como has dicho.» (Génesis 18,1-5)

En este relato, tres misteriosos visitantes se presentan ante Abraham para anunciarle aquello por lo que tanto había orado: su esposa Sara, estéril, concebiría un hijo. Isaac será para Abraham la señal de la esperanza: su heredero, del cual nacerá Jacob; y de Jacob, Israel; y de Israel, un pueblo llamado a caminar con Dios. El Catecismo ilumina este episodio al describir la oración y la fe de Abraham:

2570. Cuando Dios lo llama, Abraham se pone en camino “como se lo había dicho el Señor” (Gn 12, 4): todo su corazón “se somete a la Palabra” y obedece. La escucha del corazón a Dios que llama es esencial a la oración, las palabras tienen un valor relativo. Por eso, la oración de Abraham se expresa primeramente con hechos: hombre de silencio, en cada etapa construye un altar al Señor. Solamente más tarde aparece su primera oración con palabras: una queja velada recordando a Dios sus promesas que no parecen cumplirse (cf Gn 15, 2-3). De este modo surge desde los comienzos uno de los aspectos de la tensión dramática de la oración: la prueba de la fe en Dios que es fiel.

2571. Habiendo creído en Dios (cf Gn 15, 6), marchando en su presencia y en alianza con él (cf Gn 17, 2), el patriarca está dispuesto a acoger en su tienda al Huésped misterioso: es la admirable hospitalidad de Mambré, preludio a la anunciación del verdadero Hijo de la promesa (cf Gn 18, 1-15; Lc 1, 26-38). Desde entonces, habiéndole confiado Dios su plan, el corazón de Abraham está en consonancia con la compasión de su Señor hacia los hombres y se atreve a interceder por ellos con una audaz confianza (cf Gn 18, 16-33).  

Abraham es una figura central en la historia de la salvación. Fue quien dejó su tierra porque Dios se lo pidió, convirtiéndose así en el primer misionero de un proyecto que, en su propio contexto, parecía más un sueño personal que una promesa divina. Sin buscarlo, llegó a ser un pilar del monoteísmo: el hombre que acogió la Palabra revelada y caminó sostenido por la esperanza de una comunidad naciente, una descendencia tan numerosa que no podría ser contada. Por esto, San Pablo nos llamó “descendientes de Abraham” por la fe en Jesucristo y herederos de sus promesas (Gálatas 3,29).


viernes, 31 de octubre de 2025

De perseguidor a perseguido: de Saulo a San Pablo

“Saulo no desistía de su rabia, proyectando violencia y muerte contra los discípulos de Jesús. Se presentó ante el sumo sacerdote y le pidió cartas de autorización para las sinagogas de Damasco, pues quería detener a cuantos seguidores de Cristo encontrara, hombres y mujeres, y llevarlos presos a Jerusalén. Mientras iba de camino, ya cerca de Damasco, de repente lo envolvió una luz que venía del cielo. Cayó al suelo y oyó una voz que le decía: «Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?». Preguntó él: «¿Quién eres tú, Señor?» Y la voz respondió: «Yo soy Jesús, a quien tú persigues»” (Hechos 9, 1-5).

Este pasaje ilustra la persecución contra los cristianos, pues irónicamente San Pablo —antes llamado Saulo—, autor del mayor número de cartas del Nuevo Testamento y gran maestro del cristianismo, fue precisamente un perseguidor de la Iglesia antes de su conversión.

De las enseñanzas de San Pablo sabemos que la carne y el espíritu viven en enemistad, aunque esta disputa surge de la carne, pues el espíritu no está en conflicto con nadie. Por ello, las personas deben fortalecer su espíritu a través de la oración, los sacramentos y lecturas devocionales, para no ser dominadas completamente por la carne. Ambos elementos son intrínsecos a cada persona, siendo la carne la promotora del caos y la rebeldía que nos roba la paz.

En cada ser humano existe un Saulo y un San Pablo: un lado busca imponerse violentamente y otro busca servir a Dios en el prójimo. Lo más interesante es que la misma Escritura del Antiguo Testamento que guardó la revelación para mostrarnos a Jesús fue también la que Saulo utilizó para perseguir a los seguidores de Jesús. ¿Cómo es esto posible? Sucede que, así como el bien va construyendo caminos, el mal edifica los suyos. Al final del día, eran dos proyectos antagónicos basados en la misma Escritura: primero un Saulo obsesionado por apresar cristianos, justificado por su obediencia a la letra; después, un San Pablo dispuesto a dar su vida (y que la dio) por el evangelio.

Entonces, el asunto no radica en hacer valer un supuesto “mandato divino” extraído de algún texto sagrado, sino en la forma en que cada persona interpreta el mensaje divino dentro de sus propias limitaciones humanas. Si somos sensibles a la voz del Espíritu, podemos reconocer que la paz y la buena voluntad entre quienes piensan distinto constituyen el camino correcto. Sin embargo, algunos fundamentalistas se verán restringidos: el mismo Creador los convocará a la paz, pero sus doctrinas se convertirán en el obstáculo que les impida responder a ese llamado.

Por eso, la oración por la liberación del verdugo no debe ser olvidada. Él es la primera víctima de su propio odio, y de ese veneno surgen nuevas víctimas. ¿Cómo podrá ser liberado aquel que ha sacralizado la destrucción de otros? Aquel que se justifica en lo divino para sembrar dolor. Debemos orar para que Dios abra su entendimiento, y también para que el perseguido encuentre fortaleza y paz. Confiemos en que el Verbo de Dios es la luz verdadera que alumbra a todo ser humano (S. Juan 1,9); aunque muchos no vean en Cristo su encarnación, un destello de esa luz puede transformar incluso a los Saulos más oscuros en nuevos San Pablos.

lunes, 29 de septiembre de 2025

Vida, culpa y redención: cuando somos nuestro propio verdugo

Durante mucho tiempo pensé en Judas Iscariote desde una visión rígida, como si todo fuera blanco o negro. Hoy entiendo que actuó según su contexto y sus limitaciones. Judas no sabía que Jesús resucitaría ni que, con el tiempo, la ley de Moisés sería reinterpretada por los apóstoles. En su época, la ley divina para él y para el judaísmo del Segundo Templo seguía siendo la de Moisés: la ley del talión y el castigo por lapidación. Aunque los romanos habían prohibido a las provincias aplicar la pena de muerte, el marco religioso de Judas lo llevaba a pensar en esos términos: “pediré cuentas de la vida de cada hombre; el que derrame sangre de hombre, por otro hombre será derramada su sangre” (Génesis 9:5-6).

El desenlace lo conocemos: Judas confesó su culpa al decir “he pecado, pues he entregado sangre inocente” (San Mateo 27:4), terminó siendo su propio juez y se aplicó el castigo entregando su existencia. En él se cumple el dicho: “Mi pueblo fue destruido porque le faltó conocimiento” (Oseas 4:6). Dios es amor y misericordia, pero requiere ser conocido.

Esta idea de ser juez de uno mismo conecta con lo que plantea el filósofo Byung-Chul Han. Él advierte que, en la sociedad actual, con sus normas no escritas, las personas se sienten obligadas a ser “la mejor versión de sí mismas” en todo: trabajo, dinero, apariencia, incluso en cosas pequeñas, como sentir culpa por comer un chocolate con calorías de más. Pero ¿hasta cuándo es suficiente? ¿Cuándo terminamos de construir esa “mejor versión”? Para Han, en este modelo cada uno se convierte en su propio verdugo, fabricando su propia ley y su propio castigo cotidiano.

Así, muchos hacen planes, fijan metas, se frustran si no las logran y terminan viviendo atrapados en pensamientos que los acusan: “no lo lograste”, “no sirves”, “cualquiera lo hace mejor que tú”. Algo parecido enfrentó Jesús en el desierto, cuando el tentador le dijo: “Si eres Hijo de Dios, tírate abajo” (San Mateo 4:6). Cristo resistió esas acusaciones gracias a la preparación y a la fuerza de sus prácticas espirituales: la oración, la búsqueda de sabiduría y el desapego de lo material. Ese es el camino para construir una vida equilibrada, en la que la interioridad y la exterioridad estén en armonía. Una espiritualidad que nos ayuda a comprender que el propósito de la vida es vivir, y que toda vida merece ser vivida porque cada una es una experiencia única.

El rey Salomón, alabado por su sabiduría y poseedor de riquezas y poder sin comparación, dejó una enseñanza sorprendente. Tras haber construido y disfrutado desde la cúspide del poder terrenal, concluyó que una de las mayores alegrías de esta vida es lo sencillo: comer y gozar de la compañía de los amigos: “No hay para el hombre cosa mejor que comer, beber y alegrarse; y que esto lo acompañe en su trabajo” (Eclesiastés 8:15; ver también 2:24 y 3:12-13).

En otras palabras, lo cotidiano puede brindar más satisfacción que la obsesiva búsqueda de grandezas. Por eso es fundamental rodearse de amigos verdaderos, cultivar relaciones fraternas y aprender a reconocer esas ideas nocivas que, disfrazadas de buenas intenciones, actúan como semillas venenosas que crecen dentro de nosotros y terminan limitando una vida plena o, peor aún, llevándonos a detestarla. La vida puede ser satisfactoria desde lo simple, sin muchas ambiciones que, en realidad, son falsos paraísos. Como recordó Jesús: “No se preocupen por el día de mañana, porque el mañana traerá sus propias preocupaciones” (San Mateo 6:34).

jueves, 28 de agosto de 2025

Entre prejuicios y palabras: claves para un diálogo interreligioso auténtico

 Recuerdo una reflexión judía que dice:

“Dos hombres salen de una chimenea, uno con la cara sucia y otro con la cara limpia. El que tiene la cara limpia ve al que está sucio y piensa: ‘yo también debo estar sucio’, y empieza a limpiarse. En cambio, el que tiene la cara sucia ve al que está limpio y piensa: ‘yo también debo estar limpio’, y no se limpia”.

Este relato ilustra un punto esencial: el diálogo con los otros no depende solo de lo que ellos son, sino también de cómo los percibimos. La gran pregunta es: ¿estoy dialogando con el otro realmente, o con la idea que yo mismo he construido sobre él? El reto del diálogo consiste, antes que nada, en reconocer y derribar los prejuicios que cargamos, esas ideas distorsionadas que fabricamos incluso antes de escuchar.

Por ejemplo, algunas personas pecan de ingenuidad al suponer que todas las religiones son iguales. Pero eso también es un prejuicio. Si realmente deseamos dialogar, debemos aceptar que el otro quizá no quiera dialogar en los mismos términos, y que “hablar” no siempre significa “dialogar”. Cuando la intención es derribar las creencias en lugar de comprenderlas, lo que existe no es diálogo, sino disputa.

Las religiones, en última instancia, existen por la necesidad humana de buscar paz interior, sentido, sabiduría y dirección. Esa búsqueda es válida en todos los credos y, precisamente por ello, el diálogo interreligioso resulta tan complejo: cada tradición defiende como sagrado aquello que le ha dado sentido y bienestar.

Un factor crucial es el marco conceptual y el lenguaje. Cada tradición entiende y nombra las cosas de manera distinta, lo que puede generar malentendidos si no se reconoce de antemano. En el judaísmo, por ejemplo, cuando alguien incumple un mandamiento divino, no existe la noción “pecado” como ofensa moral o culpa personal. Se trata más bien de una transgresión: un mandamiento no cumplido, sin la carga de connotaciones que le da el cristianismo. En el caso de los evangélicos, cuando se refieren a la Biblia como Palabra de Dios, no aluden a la Biblia con la Septuaginta —como hacen los católicos—, sino a la versión surgida de la Reforma, compilada y traducida por Martín Lutero y otros reformadores.

Otro factor es el cultural: nuestro tiempo está marcado por la democracia, la Ilustración y las formas horizontales de gobernanza. Vemos el mundo a través de ese prisma, lo que puede generar tensiones con religiones y creencias que surgieron después de estas categorías modernas. Así, la sociedad contemporánea tiende a juzgar a las religiones antiguas como “poco democráticas”, “carentes de evidencia” o “excesivamente verticales”. Ese sesgo no solo estigmatiza a unas como “anticuadas” y eleva a otras como más “aptas” por ajustarse a criterios modernos, sino que también revela la dificultad de dialogar desde presupuestos tan distintos. No obstante, en lugar de partir de juicios, conviene reconocer que lo que ofrece sentido y satisfacción a unos puede no hacerlo para otros.

En conclusión, el diálogo interreligioso exige más que buena voluntad: requiere autocrítica, disposición para desmontar prejuicios y una verdadera apertura a comprender al otro en su diferencia. Solo así el encuentro deja de ser pugna y se convierte en auténtico diálogo.

lunes, 28 de julio de 2025

El mal que viene a encontrarnos

A veces pienso que los bebés y los cachorros nos resultan tan cautivadores porque representan, quizás, la forma menos distorsionada de la creación de Dios que aún podemos contemplar. Son como un pan recién salido del horno: cálido, suave y con todo su sabor intacto. Algo similar sucede cuando miramos la naturaleza. Casi todos preferimos contemplar un monte o un río en su estado natural antes que verlo contaminado, intervenido o artificializado.

En este contexto, recuerdo un cuento judío que me impactó profundamente. Aunque no forma parte de los textos canónicos, ofrece una imagen poderosa que complementa esta reflexión. Según el relato, Dios creó el mundo con alegría. Pero cuando la humanidad pecó, la humanidad introdujo en la creación algo que antes no existía: la maldad y su dolor. Esta maldad creció, cobró vida y, como un huérfano, ahora deambula buscando a sus creadores.

En contraste con este trasfondo espiritual, en las ciudades modernas se habla mucho de “sostenibilidad”, entendida como la necesidad de vivir sin comprometer los recursos de las generaciones futuras. No obstante, casi toda actividad humana moderna —desde lo industrial hasta lo doméstico— deja un daño ecológico. Por eso, buena parte del esfuerzo contemporáneo consiste en modificar nuestros hábitos y tecnología para causar menos daño al entorno y a quienes vendrán después.

Curiosamente, según Avishai Margalit (1993), en tiempos de Jesús, durante la época del Segundo Templo, el monte de los Olivos era considerado un lugar más sagrado que la misma ciudad de Jerusalén. Y esto resulta comprensible: aquel monte permanecía intacto, sin intervención humana, tal como Dios lo había creado (cf. Zacarías 14:4). En ese contexto, la naturaleza sin alteraciones era vista como un espacio privilegiado para lo sagrado, un escenario propicio para la teofanía: el encuentro entre lo humano y lo divino. Por el contrario, la ciudad —con su caos, ruido, afán y estructuras humanas— nos habla más del hombre que de Dios.

De aquí podemos aprender del simbolismo bíblico: el Jardín del Edén, en Génesis 2, es un espacio natural, fértil y armónico, alimentado por cuatro ríos (Génesis 2:10-14), símbolo de abundancia y equilibrio. En contraste, Egipto —símbolo de esclavitud y opresión— representa la ciudad dominada por la lógica del poder, la producción y el dominio (cf. Éxodo 1:11-14). Así, la Biblia asocia el espacio natural con la comunión, y el urbano con la alienación.

Por eso me parece valioso considerar cómo las antiguas civilizaciones interpretaban su vulnerabilidad ante la naturaleza como un reflejo de su conducta moral. Sequías, plagas, diluvios, terremotos y erupciones volcánicas no eran entendidos solo como fenómenos naturales, sino como advertencias espirituales. Algunos lo atribuirán a la ignorancia de aquellos pueblos, pero dentro de ese desconocimiento también había una forma de sabiduría: la capacidad de reconocer su fragilidad, cuestionar sus acciones y reflexionar sobre su relación con el Creador y con la creación.

Hoy, en cambio, vivimos una paradoja: tenemos más información que nunca, pero actuamos con menos sabiduría. Padecemos sequías recurrentes, hablamos del cambio climático, acumulamos datos, pero seguimos desvinculando la crisis ecológica de nuestras decisiones colectivas. No reconocemos que la degradación del medio ambiente refleja, también, una degradación interior. Porque donde hay injusticia, egoísmo y ambición desmedida, habrá inevitablemente destrucción. Una sociedad degradada termina por producir entornos degradados. La injusticia humana no se detiene: se desborda y termina cruzando la frontera ecológica. Y así, aquel cuento judío cobra un nuevo sentido. La creación fue hecha sin maldad, pero será nuestra propia maldad —nacida de nuestras elecciones— la que venga a encontrarnos.


domingo, 22 de noviembre de 2020

La sociedad del cansancio de Chul Han

 

            Estoy llevando clases de pensamiento social contemporáneo. Hace algunos días reflexionamos sobre la obra “La sociedad del Cansancio” de Byung-Chul Han. Para el autor hay dos tipos de cansancio en esta sociedad moderna: el cansancio que se asocia al agotamiento, improductivo (no produce humanidad), y el cansancio que se vuelve útil para renovarse, creativo, contemplativo. Curiosamente, Han al final de su libro refuerza su discurso citando el pentecostés de los hechos de los Apóstoles, cuando recibieron el espíritu. Chul Han imagina unos apóstoles cansados pero en estado creativo, sin estar obsesionados por el mañana; ganar dinero y pagar las cuentas.    

            Para Han los individuos modernos han perdido su colectividad por el cansancio que provoca la cultura del capitalismo: el producir. Chul Han, al mencionar la sociedad del rendimiento, describe una sociedad activa que está convirtiéndose paulatinamente en una sociedad del dopaje, alterando sus capacidades para mantenerse positivos en miras de alcanzar todo aquello que creen poder alcanzar. Utilizando analgésicos para dormir y no dormir, para sentir y no sentir, para no entrar en ansiedad y drogas para poderse recrear en sus reducidos espacios. Es la sociedad en la que el aburrimiento y la reflexión escasean para vivir en una constante aceleración de hiperactividad de individuos negados a rendirse. Este agotamiento rompe las relaciones sociales por la carencia de tiempo y falta de estímulo para las mismas. Es un agotamiento del alma.

            A continuación cito parte de la reseña elaborada por Gabriela Quintero Camarena: "Para Hannah Arendt, la sociedad moderna es la del trabajo. En su libro La condición humana, el ser humano está reducido a ser un animal laborans, porque éste, a lo largo de su vida y ejerciendo la acción posible, abandona su individualidad y se concentra en funcionar. Pero las descripciones que hace Arendt sobre la sociedad y el animal laborans ya no sirven para explicar a la sociedad del rendimiento, porque el sujeto de rendimiento no se abandona al trabajo, es un ser que vive atomizado y es todo, menos pasivo. Se autoexplota y vive hiperactivo e hiperneurótico. El autor nos dice que la vida de la modernidad tardía es una vida sin creencias, condenada a la desolación, porque se vuelve efímera, que la convierte en una vida desnuda. Cuando la vida queda desnuda, la vida se convierte en el principal problema, porque al vivir en aislamiento, el sujeto sólo puede preocuparse por sí mismo y procurar una vida sana. “Ya lo dijo Nietzsche: tras la muerte de Dios, la salud se eleva a diosa”. En suma, para que el sujeto de rendimiento tenga que estar tan al pendiente de su propia existencia, como si sólo él viviera en el mundo, necesita cuidar su cuerpo y cumplir con todas las expectativas de su vida, porque al prescindir de poderes que se ejercen del exterior, como Dios, la vida se vuelve lo más valioso y las acciones que se lleven a cabo atienden a la individualidad, por eso el sujeto de rendimiento lleva a cuestas su propio campo de concentración. Para, Byung-Chul la vita contemplativa es aquella que entrena la mirada para ver con atención profunda y sosiego; es la única que puede hacer que el sujeto de rendimiento se dé cuenta de la absolutización de su vida activa (trabajo, obra y acción) y el nerviosismo que desemboca en hiperactividad."

            Para concluir, este tipo de lecturas –sin ser religiosas− colaboran para el diálogo con la sociedad moderna, y dar sentido a ambos, pues por estas tendencias sociales, la religión puede perder su espiritualidad volviéndose en ese ser hiperactivo, carente de contemplación y tiempo para los demás. Recordemos la virtud del cristianismo: “Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar.” (S. Mateo 11, 28).

domingo, 25 de octubre de 2020

Los símbolos y las liturgias

¿Qué sentido tiene ser miembro de una religión si lo principal es “amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a uno mismo”?. Aunque parezca no tener sentido la religión, si lo tiene. Amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a uno mismo es lo fundamental pero no es lo único. Estos mandamientos son el pilar fundamental que otorga sentido al resto de los mandamientos y a la religión misma.

            Explicaré la razón y sentido de la religión con varios ejemplos paralelos. Supongamos que usted está interesado en asuntos de ingeniería, se lee algunos libros y comprende el funcionamiento de algunas estructuras, y probablemente se siente motivado a construir algo pequeño: un pilar o una techumbre. ¿Cómo sabe usted que ha interpretado la información correctamente?, ¿Qué seguridad existe de que su construcción será eficiente en costos y en rigidez?. Si usted se asesora por un experto en la materia podrá ahorrarse mucho tiempo, dinero y no podrá en riesgo su seguridad. Del mismo modo, la religión se vuelve en un asunto de expertos en la cátedra cristiana, personas formadas para instruir, corregir y colaborar para el desarrollo de los individuos dentro de la Iglesia. Cualquier individuo puede adquirir una biblia y leerla completa, de la misma forma en que puede comprar un libro sobre resistencia de materiales y tratar de entender algo. El problema no está en la comprensión de lo que se lee sino en la interpretación correcta de los datos. Por esta razón, la instauración de la religión como escuela de la fe tiene sentido, del mismo modo que, las escuelas de ingeniería y construcción tutelan a quien tiene vocación de constructor. Son guías.

            Por otra parte, existen símbolos dentro de la religión católica que parecen carentes de sentido en la actualidad. Tales detalles al no ser comprendidos se consideran como intrascendentes o inútiles: acudir en domingo, encender velas, arrodillarse, las vestimentas, las imágenes, etc. Esto lo explicare con otro ejemplo. Supongamos que usted desea estudiar ingeniería y se inscribe en alguna clase. Usted sabe que le darán un horario, incluso, usted podría describir el aula sin conocerla: un lugar rectangular con pizarrón, escritorio y mesa bancos. En la primera clase usted podrá identificar al maestro por la expresión de su lenguaje corporal y el lugar que tomara dentro del aula –enseguida del pizarrón− e identificará a los alumnos –aquellos que se sentaron en las bancas. Usted sabe que al sonar la campana todos abandonaran el salón de clase. ¿Quién estableció esta liturgia? (aquí entendemos liturgia por su significado en griego: servicio). La educación está tan institucionalizada en el subconsciente de los individuos que estos símbolos, rutinas y expresiones, están dispuestas en la dinámica social de la educación. Cada acción social tiene cierta liturgia que es aceptada: una graduación, un cumpleaños, una reunión de amigos, salir de viaje, tomar un autobús o un avión.

            En el caso de la religión, los símbolos y las liturgias son el lenguaje no verbal que ayuda para actuar en orden dentro de la celebración. Por otra parte, los símbolos nos otorgan una identidad. Sabemos que estamos en un templo de otra religión por los símbolos que ahí vemos o no vemos. Los símbolos expresan la identidad y en algunos casos sirven como pedagogía porque se asocian a la teología.

            La religión católica es la escuela que nos enseña a ser mejores hijos de Dios.


domingo, 11 de octubre de 2020

El don de la fe

Nunca he escuchado decir, “tras convertirme en ateo deje las drogas, le soy fiel a mi esposa, atrás deje los pleitos y los domingos lo dedico a estar con mi familia para ir juntos a… al parque”. Con este argumento tan simplista pretendo hacer una defensa de la fe. El principal argumento es, ¿para qué sirve el ateísmo?, no lo sé, esa es una reflexión que deben hacer los incrédulos. Sin embargo, he puesto en la mesa un argumento que me parece importante: la fe le funciona a muchas personas. Existe una utilidad en el discurso de las religiones porque siembra en los seres humanos un paradigma: la salvación. Pero, ¿ser salvados de qué?. Ser salvados de cualquier mal que nos atormenta.

El mal es una situación real y el cristianismo le ha puesto autoría en la representación del demonio. El mal es algo que está en la vida de las personas, y, aunque el mal absoluto no puede ser erradicado en su totalidad, al menos, por la fe podremos discernir si el mal que nos lastima es en verdad un mal autentico o un simple tormento de nuestra propia sugestión. La fe cristiana nos ayuda a valorar lo realmente importante y a visualizar las vanidades de esta vida, para no sufrir tras quedar excluidos de las glorias fácticas y los espejismos sociales. El mundo tangible es valorado por medio de la subjetividad, por las expectativas sobre él. El cristianismo colabora para entender la verdadera importancia de la paz por encima de cualquier bien material y reconocimiento social.

Sobre el mal autentico, cito un ejemplo, conocí a un migrante salvadoreño que no pudo entrar a Estados Unidos, quedó en situación de calle en Hermosillo, enfermo de sida y murió en el Hospital General del Estado. ¿Que argumento le sirve más a este hombre: el ateísmo del científico o la frase “dichosos los muertos que mueren en el Señor. Desde ahora, si –dice el Espíritu- que descansen de sus fatigas, porque sus obras los acompañan” (Ap. 14, 13)?. Debo decir que, el ateísmo científico puede serle útil a muchos estudiosos porque les ayuda a observar la realidad sin antecedentes religiosos ni subjetividades, pero también esa realidad es vista desde sus ojos, y no desde los ojos de quién sufre. Por lo tanto, el que sufre y lleva una vida precaria necesita un argumento que le sea de utilidad sin importar si esté es razonable o no: le es útil para vivir en paz y eso le basta.

También, conocí a un hombre que al nacer fue abandonado por su madre, creció de aquí para allá, fue pandillero pero le llegó la fe y se apoyó en Dios. ¿Qué argumento le sirve más a este hombre: el evolucionismo de Darwin o el Salmo: “si mi padre y madre me abandonan, Dios me recogerá” (Salmo 27, 10)?. No estoy en contra de ninguna teoría científica, mas bien, hago notar que estas son utilizadas con otro fin: desacreditar la religión. La transformación de los individuos es el principal argumento para entender que la fe tiene un sitio y un lugar importante en la vida de las personas: les ayuda a ver el mundo con otros ojos, a tener una esperanza, buscar la paz y a luchar contra ellos mismos para guardar su integridad.

Hasta aquí, puedo argumentar que la ciencia podría ser absurda para sanar los dramas individuales de las personas; el niño abandonado, el migrante arriba de un furgón de tren, el anciano solo, la prostituta, etc. En tales situaciones, aferrarse a Dios resulta más viable, coherente y menos excluyente por ser algo gratuito.     

domingo, 27 de septiembre de 2020

La otredad, Iglesia y el nuevo testamento

 

Actualmente curso una clase sobre Otredad, Diversidad y Género. La palabra otredad es utilizada como concepto dentro de la sociología para referirse el reconocimiento de los otros, aquellos que son ajenos a mi identidad. Diversidad es una palabra que se describe por sí misma, y género es un concepto que en sus inicios fue utilizado por el feminismo para hacer notar las diferencias sociales entre los géneros biológicos –masculino y femenino−, pero también, posteriormente fue adoptada por colectivos de la diversidad sexual para referirse a sus preferencias e identidades auto percibidas.    

En primera instancia debo decir que, toda persona sentirá temor y aversión natural hacia aquello que le resulta desconocido, ajeno o es interpretado como su antagónico. Por ejemplo: las luchas por diferencias étnicas, la violencia ejercida por el racismo, el clasismo, las persecuciones por ejercer alguna religión, etc. Por un lado, tipificar a los individuos funciona para comprender al grupo, de donde provienen, que piensan y por qué son así, pero esta fórmula no debe ser llevada hasta el extremo para reducir a los individuos a la nada. Cada individuo es un ser distinto al otro aunque ambos provengan del mismo grupo.  

Este tipo de temas dan para mucho. Podríamos hablar de otredad, diversidad y género enfocándonos en la cristiandad: católicos romanos –europeos y sincretismo latinoamericano−, ortodoxos de oriente, protestantes, evangélicos y sin denominación.

En la actualidad, cuando hablamos de diversidad y género, el tópico queda reducido y limitado solo a la diversidad sexual, y se suele colocar a la Iglesia Católica Romana y al cristianismo como los antagonistas. Hay algo que debo citar, la ciudad del Vaticano despenalizó la homosexualidad en 1890, el país hinduista de la India lo hizo en 2018, los países protestantes de Reino Unido y Estados Unidos lo hicieron respectivamente en 1982 y 2003, y México en 1871. La sede de liderazgo pastoral del catolicismo romano es la menos interesada en tipificar la práctica como un delito civil.    

Para comprender la catolicidad debemos diferenciar dos situaciones importantes: el pensamiento de la Iglesia y los individuos que se adueñan de la Iglesia. En el nuevo testamento existe un reconocimiento hacia los otros. Esto se pone de manifiesto en la evangelización y en la diversidad étnica vivida en la Iglesia primitiva. Este fue un avance trascendental en la comprensión e interacción entre individuos de distintos pueblos, cosmovisiones y razas. En la expresión de San Pablo “Cristo es nuestra paz, quien de ambos pueblos hizo uno, derribando el muro que los separaba, la enemistad…” (Efesios 2,14), se manifiesta que la fe ya no está ligada a una raza o etnia como lo estuvo en la antigüedad. Por otra parte, dentro del evangelio, cuando los fariseos presentan a la mujer adúltera y Jesús responde “quien esté libre de pecado que arroje la primer piedra…” (S. Juan 8,7), debemos comprender que la lapidación era el castigo tras caer en alguna práctica sexual descrita en el libro hebreo del levítico (cap. 20). Con este pensamiento, Jesús no solo libró a una mujer adúltera de ser asesinada sino a muchos otros que cometieron otras prácticas. Esta absolución de la lapidación, también tiene la intención de librarnos del pecado que habita en nosotros.  

La herencia más grande que ha dejado la Iglesia al mundo en asuntos de otredad, género y diversidad es tratar a los demás como deseas que te traten a ti (S. Mateo 7,12).

domingo, 23 de agosto de 2020

Visitar el sagrario

 

La semana pasada me tocó visitar el sagrario por primera vez después del primer llamado a la contingencia sanitaria. Me dio mucho gusto ver como mi parroquia optó por las medidas de precaución solicitadas: distancia entre personas, uso de cubre bocas obligatorio, toma de temperatura en el acceso con un dispensador de gel anti bacterias, registro de los visitantes y cordones que indicaban las rutas dentro del templo.

Al acercarme al sagrario me conmoví. No pude evitar pensar en el sentimiento que sintió Josué cuando después de tantas batallas y travesías logró pisar la tierra prometida. A fin de cuentas, el mundo estaba librando una gran batalla y, después de 60 mil muertos en México, Dios había permitido llegar hasta ahí, hasta el suelo santo, el sagrario. Es una bendición para cualquiera estar libre de cualquier enfermedad.  

Disfrute muchos aquellos pequeños instantes ante el sagrario. Cualquier incrédulo podrá decir: “no es necesario ir al templo para estar con Dios, Él está en todos lados y desde cualquier lugar se puede orar”. Pero la situación no es tal, desde casa oramos de igual forma aunque dentro de un ambiente distinto.  

Sucede que la fe es como las alegrías y las tragedias, es un sentimiento y anhelo mutuo que se comparte entre conocidos o desconocidos que se reúnen en ese lugar que consideran sagrado: el templo y el sagrario. La enseñanza de Jesús de “el fariseo y el publicano” inicia con esta descripción: “Dos hombres subieron al templo para orar…” (S. Lucas 8,10). En esa simple frase, Jesús reunió los elementos: los individuos, la acción, el sitio sagrado y la oración. Es un esfuerzo hecho por las personas para encontrarse con un Dios, rompiendo la comodidad de permanencia en la casa propia para acudir a la casa de oración. El templo es el espacio donde nos encontramos con la presencia de Dios y con el prójimo que reconoce a ese Dios que nosotros reconocemos.  

¿Por qué Jesús inicio el relato del publicano y el fariseo usando la frase: “dos hombres subieron al templo para orar…”?. Desconozco el motivo preciso pero distingo que en los tiempos de Jesús los publicanos no tenían buena fama entre los judíos. Ellos eran cobradores de impuestos designados por roma y, al estar Jerusalén bajo la jurisdicción de los romanos, sus cobradores eran detestados. Si alguien debía hacer oración en su casa era el publicano y por esta razón al entrar al templo de los judíos –en su vergüenza− ni se atrevía a elevar su vista al cielo. Pero Jesús en su paciencia y caridad inicia el relato diciendo: “Dos hombres subieron al templo para orar…”. Cualquier ser humano, sin importar su condición de vida tiene entrada al templo. El templo es la casa de Dios dispuesta para las personas.     

Quienes hacen oración en su casa no hacen mal. El templo es un sitio físico que nos otorga una cohesión social pues nos permite distinguir un proyecto común, una fe común. Quien solo hace oración en su casa reconoce su casa como propia, pero quien acude al templo reconoce dos casas, la suya y la casa común: el templo.

Los tiempos de pandemia y encierro han despertado el hambre de encontrarse con el prójimo, con los amigos, con los hermanos en la fe. Aquella cotidianidad que era inapreciable por la monotonía cobró una relevancia no vista tras la cuarentena, y acudir al templo para orar dejó de parecer algo común, lo siento como un regalo de Dios.

domingo, 9 de agosto de 2020

El aborto, una óptica distinta.

                ¿Qué es más fácil y rápido: comprar algo de 100 pesos en oxxo o acudir a una institución de salud pública para ser atendido?.

            Estoy rotundamente en contra del aborto, estoy a favor del bien mejor: la abstinencia sexual y su práctica dentro del matrimonio de modo responsable. Sin embargo, entiendo que no todos piensan a mi modo, ni desean vivir bajo mis creencias. A quienes están a favor del aborto deseo exponerles esta óptica financiera, dado que parte del discurso es: “aborto legal, seguro y gratuito”. Pedir la gratuidad significa con cargo al erario público, subsidiado por todos los contribuyentes o ciudadanos que de algún modo pagan un tipo de impuesto. Aquí se presenta la primera ironía del discurso abortista; se afirma “su cuerpo”, “es libre para decidir” pero se desea el financiamiento público para cubrir los gastos. ¿Si es suyo por qué debemos pagarlo todos?.  

            Esta reflexión va en contra del aborto desde el sentido pragmático de las finanzas públicas. Aunque los abortistas sostengan: “sale más barato abortar a los pobres, hay muchos niños en pobreza y estos terminaran como delincuentes”, si esto es así, el aborto dejó de ser un asunto de mujeres para ser un asunto de clases sociales, pues una clase dominante sostiene que el aborto debe ser legal porque “hay muchos pobres que serán futuros delincuentes”. Este argumento es clasista y criminaliza la pobreza. La realidad de los reclusorios puede reflejar otra cosa: los pobres tienen menos capacidad para pagar fianzas, contratar abogados y soportar largos litigios.

            Haciendo énfasis en el tema del gasto público en un análisis somero de los costos, señalo; el costo de un aborto en CDMX oscila entre los $2,800 - $9,620 pesos dependiendo de la etapa de gestación, una pastilla anticonceptiva en Farmacias del Ahorro puede ser adquirida desde $86 - $400 pesos, un paquete de tres condones puede ser adquirido en Walmart por una cantidad desde $45 pesos, y curiosamente, el pañuelo verde abortistas puede ser adquirido en Mercado Libre desde $55 pesos más gastos de envío. Esto me hace suponer que dentro de la realidad, una abortista tiene la opción de comprar un pañuelo o un paquete de preservativos por la misma cantidad y regalarlos. El pañuelo verde le sirve para manifestarse pero no evita ningún embarazo, en cambio, los preservativos ─a precio de un pañuelo─ pueden ahorrarle al erario público entre $8,400 hasta $28,860 pesos, si son utilizados de modo adecuado.

            Lo anterior me lleva al raciocinio de un pensamiento básico, ajeno a cualquier adoctrinamiento; ¿por qué debemos subsidiar el costo y el riesgo más alto pudiendo subsidiar el costo y el riesgo más bajo?, ¿por qué debo pagar entre $2,800 hasta $9,620 pesos si tengo opciones desde $45 hasta $400 pesos?. Resulta más barato como Nación subsidiar la prevención del embarazo que subsidiar el aborto. Para darnos una idea, en CDMX el 88% de mujeres que se practicaron un aborto en una clínica eran mayores de edad, solo el 0.77% eran menores de 14 años. ¿Esto demuestra que las adolescentes son más responsables con su sexualidad que las mujeres adultas?, no lo sé.

            El aborto debiese estar penado por motivos financieros para obligar a las personas a utilizar preservativos subsidiados por el Estado, distribuidos de distintas formas. La cobertura en tiendas de consumo ─Oxxo y otras─ es mucho más amplia que el sistema de salud y algunos preservativos ayudarían en la reducción de contagios de enfermedades sexuales, hay beneficios colaterales. Por otra parte, despenalizar el aborto provocará que mujeres residentes en localidades carentes de centros de salud se practiquen abortos precarios con la novedad de ser legales. La despenalización presenta esa paradoja: volverse permisible dentro y fuera del centro de salud al no tener forma de pagar el traslado para acceder alguno.  

            Entre todas las opciones posibles para evitar un embarazo prefiero la abstinencia, el aborto es presentado como meta pero no lo es, es solo una opción: la más cara y de mayor riesgo.

domingo, 26 de julio de 2020

La vida es hoy


            Esta semana falleció por coronavirus un tío y por anemia un amigo que es diabético, precisamente el día de las muertes regrese de Bahía de Kino acompañado de tres amigos. Me sentí culpable por salir de casa y disfrutar la playa el mismo día en que estas personas perdieron la vida. Al menos si pudiese estar en el funeral y en la misa de los difuntos seria una liberación para mí, pero ni eso, el coronavirus no lo permite. Resulta paradójico salir a la playa y no poder acudir al culto; en las misas celebradas entre semana la sana distancia es casi una garantía. 
            Estando en la playa mis amigos y yo dimos gracias a Dios por la salud y el momento, guardamos los protocolos sugeridos; sana distancia, cubre bocas, gel antiséptico. El viaje lo realizamos entre semana considerando que así habría menos afluencia de personas. Tratamos de ser responsables pero el riesgo de contagio es latente, incluso sin salir de la ciudad.
            Este tiempo nos ayuda a reflexionar y entender lo frágil que es la vida. Cualquier plan que anhelemos para nuestro futuro; invertir, ahorrar, viajar, puede verse trastornado por el riesgo de enfermar y morir. Pareciera que esto es el fin. La muerte ronda por todos lados y ronda entre nuestros seres cercanos. Estas muertes nos ayudan a valorar la vida cotidiana; ir a misa los domingos, acudir al parque, al cine, comer entre amigos y disfrutar lo que parece insignificante.
            Esta situación me hace recordar una reflexión hecha por el sacerdote Fortea. Antes del coronavirus él anunció varios momentos para la humanidad; el primer momento sería un espacio para la hermandad, pero una hermandad anticristiana alejada de Dios donde todos seriamos cómplices de la injusticia, la ausencia de la caridad, la vanidad y la inmoralidad. El segundo momento seria un espacio para la purificación; un dolor en donde la humanidad renacería a una conciencia nueva abriendo un nuevo periodo. Advierto que estas situaciones son recurrentes en las Sagradas Escrituras y es notorio encontrar estos periodos en la vida del pueblo de Israel expresada en el antiguo testamento: el pecado, la tragedia y la conversión.
            Fortea me parece muy preciso para advertir antes de la pandemia esa realidad espiritual que vivió el mundo. Siguiendo el guión de las Sagradas Escrituras pareciera que la gran inmoralidad antecede siempre a una gran tragedia: una sequia, una guerra, una peste, una pandemia. Debemos considerar que los autores antiguos atribuían la tragedia a la desobediencia, a un castigo divino, pero bajo una interpretación moderna y con un conocimiento mayor del creador no podemos afirmar tal cosa. Bajo una explicación sencilla de las causas es correcto que la inmoralidad nos lleve a la tragedia pues su origen es la corrupción; las negligencias sanitarias que provocan enfermedades, los daños al medio ambiente que causan mutaciones en las bacterias y virus, etc.
            Como creyentes podríamos optar por dos interpretaciones de la realidad sanitaria que vivimos; afirmar que esto es un castigo divino por nuestra inmoralidad ─cosa que no comparto del todo─ o creer que la creación ha sido sometida por Dios a las leyes naturales y que dentro de la misma habita el ser humano con libre albedrío. De ambas interpretaciones podemos entender algo del misterio de Dios; es preferible vivir en el amor que en el temor a vivir. De lo anterior puedo precisar, si Dios nos permitió vivir, vivamos en paz, sin rencor, sin maldad, vivamos el perdón. La vida es hoy, mañana no sabemos y a Dios nos encomendamos. Amén.

lunes, 13 de julio de 2020

Consentir a los hijos


            Tengo un sobrino muy amado de cuatro años de edad al cual se le consiente por afecto. Es el único sobrino que tengo y por lo tanto es el único nieto. Toda la familia se volcó hacia él por ser el único niño de la casa. Ha nacido en una casa donde hay abundancia, tiene acceso a las comodidades; una recamara para él solo en una casa frente a un parque grande, no ha compartido su cuarto con nadie y no sabe lo que es jugar en una calle con pavimento en mal estado rodeado de basura y casas invadidas; nunca lo han trasladado en transporte urbano ni ha conocido lo que es transitar en un automóvil sin placas y sin aire acondicionado; por internet tiene acceso a una lista inagotable de programas para niños disponible las veinticuatro horas del día, nunca ha tenido que esperar días para ver un programa por televisión. Aunque el niño es la luz de la casa se le está acostumbrando a esperar poco, recibir todo y no compartir nada.   
            Consentir es otorgar, proveer y permitir, es una concesión, pero también es malcriar, viciar, malacostumbrar, corromper. La educación va más allá de transmitir y recibir conocimiento, es también una ayuda para dominarnos, ejercitarnos en las virtudes de la paciencia, reducir el ego y llegar a la humildad. El individuo que lo tiene todo no está acostumbrado a recibir un “no” como respuesta. Esto me recuerda una anécdota: siendo la media noche llegue a una ciudad del sur, entrando al lobby del hotel conocí a su dueño. Él estaba con uno de sus empleados platicando y bebiendo, era un hombre muy ameno y me invitó unos tragos. Le conteste que en otra ocasión pues estaba cansado por el viaje y al día siguiente tenía que atender compromisos laborales en esa ciudad. Él insistió:
            ─La primer noche va por mi cuenta
            ─No, muchas gracias
            ─Te doy descuento para el resto de los días  
            Accedí a su oferta por respeto y entendí que los ricos no están acostumbrado a recibir un “no” como respuesta.
            En la vida ordinaria, Dios podría darnos todas las cosas y resolver nuestras angustias pero su abstinencia y su misterio nos educan para que nosotros aportemos algo a esa necesidad. Hasta el “no” de Dios nos beneficia. Dios nos ha dado toda la creación pero nos la entregó como si fuese una masa bruta que requiere un proceso: nuestra colaboración para procesarla y distribuirla. El libro del Eclesiástico contiene unos pasajes asociados a la educación de los hijos:      
            “Si amas a tu hijo, edúcalo y no dejes de corregirlo. Así el día de mañana podrás sentirte orgulloso de tener un buen hijo. Tus amigos se alegrarán contigo, y tus enemigos te envidiarán. Si educas bien a tu hijo, aunque mueras, nadie se olvidará de ti porque verán en tu hijo a otro como tú. Mientras vivas, te alegrarás al verlo; y cuando estés a punto de morir, no sentirás tristeza porque tu hijo te vengará de tus enemigos y devolverá los favores a tus amigos. Pero si malcrías a tu hijo tendrás que curar sus heridas y sufrir al oír su llanto. Si a tu caballo no lo domas, jamás lo podrás controlar; si a tu hijo lo malcrías, jamás lo podrás educar. Si malcrías a tu hijo y le das todo lo que pide, te llevarás dolorosas sorpresas. Mientras todavía sea niño, no le des mucha libertad ni pases por alto sus errores; al contrario, corrígelo siempre para que no se vuelva caprichoso y más tarde te cause problemas. Educa bien a tu hijo, y no tendrás que pasar vergüenza por causa de su rebeldía.” (cap. 30, 1-13)

domingo, 28 de junio de 2020

La institucionalidad de la fe


            Esta semana un familiar compartió en sus redes sociales un video sobre “el dios Spinoza”, una reflexión sobre un evento sucedido en una conferencia del científico Albert Einstein. El monólogo supone que Einstein creía en la versión de un dios propuesto por Baruch de Spinoza, filosofo racionalista del siglo XV que propone un panteísmo para encontrar a Dios dentro de la creación. Aunque las opiniones sobre Dios se respetan ─Einstein era judío y Spinoza un panteísta─ el argumento del video me parece falso por proponer a un dios sin reglas: Cómo puede ser creíble que Einstein y Spinoza propongan un Dios sin reglas si dentro de la creación abundan las reglas: las leyes de la física.
            El video parte del prejuicio de siempre: ¿para qué rezar?, ¿para qué ir al templo?, dios está en la montaña, en el bosque, en el rio, ¿crees que Dios quemará en el infierno a sus hijos que tanto amó?. Este video y tantos que circulan por redes sociales me parece simplemente el complejo de quienes en vez de vivir su panteísmo y disfrutarlo, prefieren dedicar su tiempo y esfuerzo demeritando la fe de los demás. Una persona espiritual que profesa otra religión no vive en conflicto con las liturgias de sus semejantes, ni increpando a las demás religiones, las respeta, incluso, es capaz de reconocer algo bueno de otras religiones sin sacrificar la propia. A la paz estamos invitados todos.
            El problema social se aprecia en la crisis de institucionalidad y no es un asunto simplemente de la Iglesia. Existe una crisis de credibilidad generalizada en las instituciones y esta es sustituida por el carisma de distintos actores sociales. Desde actores políticos: Donald Trump, López Obrador, Hugo Chávez, Evo Morales, hasta líderes religiosos y espirituales. Lo de hoy pareciera ser “el jalón”, la convocatoria y el carisma que conecta con la masa. Parece que ya nadie es fiel a la filosofía de un partido político ni a la cátedra de religión alguna. Esta crisis institucional se vive como una filosofía social y por esta razón es común ver este tipo de videos en redes sociales con mensajes que nos invitan a “liberarnos de las instituciones religiosas” para disfrutar la poca vida que nos queda. Como si no fuese posible disfrutar la vida ─y de mejor forma─ dentro de la institución.  
            Aunque los mensajes son atrayentes también son superficiales como “el populismo”. El motivo de institucionalizar la fe es precisamente para que ésta pueda ser vivida en comunidad, todo aquello que se institucionaliza es comunitario. La institucionalidad nos organiza y nos enfoca para un mismo fin, en cambio, la fe individualizada nos disgrega. Esto se puede exponer de una forma muy sencilla: si cada uno de nosotros sabe que los domingos es el día de reunión para la celebración, ese día nos reunimos porque todos lo sabemos. Pero si cada quien “se siente libre” para decidir el día y la hora solo queda el desorden, unos irán al norte otros al sur, otros a la montaña y otros en su casa: da lo mismo, cada quien hace lo que le venga en gana.  
            Es posible encontrar a Dios dentro de la creación y esa es una de las enseñanzas de San Pablo: los paganos incrédulos pueden encontrar al creador contemplando las maravillas de su creación. Sin embargo, también la creación requerirá ser interpretada y para eso la cátedra será útil y la institución necesaria. La creación no ofrece el cuerpo de Cristo, la misa si y en ella disfrutamos la esperanza común con los hermanos.  

domingo, 14 de junio de 2020

Un México para todos


            Estoy llevando clases de Pensamiento Social Latinoamericano con el Dr. Francisco Zapata, chileno, catedrático del Colegio de México. En términos generales la clase expone esta pugna entre la colonización ideológica que el primer mundo ejerce sobre Latinoamérica y los ideólogos latinoamericanos que buscaron dar una identidad a nuestros pueblos. En el caso del Perú, Mariategui reinterpretó el marxismo para llevarlo a la realidad del pueblo indígena, y, en el caso de México, Gamio, se enfocó en rescatar el pasado indígena de la nación apoyado por los revolucionarios mexicanos, Carranza y Obregón. A él se le debe el descubrimiento del templo mayor en la Ciudad de México. Estos descubrimientos arqueológicos darán a los revolucionarios de México elementos para conceptualizar ideales a inicios del siglo XX.    
            En la reconfiguración de los pueblos como naciones consolidadas la identidad es importante para dar unidad a los pueblos. En el caso de Latinoamérica, dentro de cada nación, no siempre existió la idea de ser “un solo pueblo”, más bien se era un solo territorio y dentro de estos límites se identificaban varios grupos sociales; indios, hacendados, migrantes, mestizos, criollos, negros, campesinos, la gente de ciudad.  
            Poco a poco, por medio de la educación, nos fuimos identificando como “ciudadanos” de una misma nación. La educación no fue gratuita desde el nacimiento de la nación, se fue construyendo y entregando como un derecho social por medio de cambios pacíficos o violentos. La educación no solo entregó conocimiento, nos enseño a ser ciudadanos; desde los honores a la bandera, el himno nacional, la identificación de los héroes de la nación y los límites geográficos de los Estados. Toda esta historia nos aporta para que entendamos lo que somos: mexicanos.
            En el mundo contemporáneo entendemos a México como heterogéneo. Dentro del país tenemos muchas diferencias físicas, lingüísticas, económicas y tecnológicas, pero entre nosotros nos identificamos como una sola nación. En la religiosidad México también es diverso, vivimos la libertad de cualquier culto o el ateísmo sin ninguna mortificación.   
            La Iglesia Católica en México es un hito histórico que representa la cosmovisión de muchos mexicanos, no es simplemente una expresión europea de la cristiandad sembrada en el país, es más bien “la expresión mexicana del cristianismo” y esto se ve y se vive en las fiestas de la religiosidad popular. Entonces me surge la pregunta, ¿somos un grupo religioso o somos también un grupo étnico?. Creo que visualizarnos como etnia también es válido porque muestra de modo más tangiblemente lo que somos; una comunidad que se identifica con creencias, costumbres y tradiciones inculcándolas a sus descendientes. Por lo tanto, es totalmente natural que sintamos repulsión por aquello que atenta contra los valores que nos identifican como esa gran etnia social que somos; los católicos de México.
            Para concluir, en la reconfiguración de México para el siglo XXI nos encontramos ante nuevas pugnas ideológicas y sociales que nos mueven para la construcción de un nuevo individuo. Como mencione; la educación pública no solo transmite conocimiento, también construye ciudadanía, ¿Qué clase de ciudadano se construye por medio de las instituciones públicas?. Sería injusto catequizar al pueblo de México desde la educación pública y de igual forma, atentar contra los valores de la catolicidad. ¿Cuáles son las fronteras ideológicas que no deben ser rebasadas por la educación pública y cómo construir un México para todos?.    


lunes, 1 de junio de 2020

Libertad, liturgia y sacramento


            A finales de mayo celebramos la fiesta del pentecostés y en medio de este encierro por la pandemia es difícil ─para el católico común─ advertir el calendario litúrgico. Me alegro porque la Iglesia lo muestra y podemos seguirlo desde casa por medios electrónicos. De esta experiencia me surgen dos reflexiones.
            Esa misma semana por las mismas redes sociales pude apreciar la fiesta de pentecostés de los judíos; ellos en la misma situación que nosotros por el coronavirus están en sus casas siguiendo las liturgias judías de su fiesta. De aquí me surge una primera reflexión. La Iglesia Católica nace dentro del pueblo de Israel en Jerusalén, por lo tanto, sus celebraciones tiene afinidades; tal es el caso del pentecostés católico y el pentecostés hebreo. Esto debe hacernos entender; así como la familia judía celebra a Dios por medio de las liturgias hebreas; el católico de la misma forma no puede desprenderse de sus liturgias.
            Dentro de la pandemia algunos señalan “no es importante reactivar la misa en físico porque se puede hablar con Dios desde casa”, este tipo de lenguaje parte desde un paradigma protestante; sin sacramentos físicos, sin liturgias claras; solo un lenguaje mental entre Dios y el creyente. Pero la fe bíblica, la fe que emana del pueblo de Israel y la Iglesia primitiva es una fe que se vuelve visible; “Jesús tomó pan, y después de pronunciar la bendición, lo partió y se lo dio diciendo: “Tomen, esto es mi cuerpo” (S. Mateo 14, 22). El católico acude a misa para recibir el pan, el cuerpo del Señor. Este acto no se trata simplemente de “hablar con Dios” sino de participar en el cuerpo de Cristo que se entrega.
            La segunda reflexión gira en torno a la fiesta de pentecostés. Como mencione, la fiesta tiene un antecedente judío; ellos celebran la llegada del pueblo de Israel al monte Sinaí y la entrega de los diez mandamientos por mano de Moisés. En cambio, el pentecostés de la Iglesia celebra la ascensión de Jesús a los cielos y la entrega del Espíritu Santo. Por ambos eventos vale la pena meditar en el texto de Ezequiel; “Les daré un corazón nuevo y pondré en su interior un espíritu nuevo. Quitaré de su carne su corazón de piedra y les daré un corazón de carne.” (cap. 11, v. 19). El texto del profeta tiene una predicación para un contexto y situación específica; la conversión del pueblo de Israel y que sus hombres cambien la dureza de sus corazones.
            En un sentido más amplio, en esta predicación de Ezequiel podemos vislumbrar un preanuncio de la nueva alianza establecida por Jesús; el corazón del pueblo de Israel es la cátedra de Moisés y él escribió sus leyes en piedra, y, él corazón de la Iglesia es la eucaristía, donde Jesús estableció su alianza a carne y sangre. Por lo tanto ─entendiendo que Dios ha cambiado el corazón de piedra por uno de carne─ los católicos debemos vivir los mandamientos de un modo distinto y nuevo; no se trata simplemente de memorizar mandamientos y liturgias, sino de aprender a vivir los mandamientos y las liturgias a través de la libertad que nos da el Espíritu que hemos recibido. Seamos un pueblo recurrente de la eucaristía; corazón de carne entregado por Dios.  
            La pandemia y el encierro me han hecho valorar los sacramentos y los eventos litúrgicos; la confesión, la eucarística y la oración en comunidad. Pero también me han hecho ver la necesidad de un recluso privado de la libertad y lo importante que es llevarles los sacramentos.

martes, 26 de mayo de 2020

Religiones formales e informales


            Así como los hombres de ciencia investigan, estudian y dedican su tiempo para leer, comprender y contemplar la ciencia para acceder al conocimiento, de la misma forma, los hombres en la religión dedican su tiempo para leer textos sagrados, comprenderlos, asimilarlos y contemplar la creación para acceder a la sabiduría. Ciencia y religión no son lo mismo porque conocimiento y sabiduría no son lo mismo. La ciencia es un conocimiento que nos ayuda para la comprensión del mundo y la religión es un método que ayuda para el discernimiento entre el bien y el mal.
            Según Mario Bunge dentro de las ciencias existen aquellas que son informales, conocimientos que no son exactos, que se modifican dependiendo de la sociedad., por ejemplo; la filosofía y la sociología son ciencias pero no son exactas como las matemáticas y la física. Esta idea me hace pensar en la distinción que debiésemos hacer en asuntos de fe: religiones formales e informales.
            ¿Qué sería entonces una religión formal e informal?. La palabra “formal” bajo una de las definiciones de la  Real Academia de Española es el uso de símbolos definidos y estipulados en algún sistema. En la construcción de este concepto; religiones formales son el judaísmo, el islam, el hinduismo, incluso, el protestantismo y el pensamiento evangélico cuando poseen una estructura de símbolos ─estos pueden ser símbolos y estructuras para la interpretación de textos bíblicos: la interpretación adventista no es igual a la metodista o mormona─ todas ellas reconocen al lugar de reunión: sinagoga, mezquita, templo, bajo un liderazgo: rabino, imam o iman, sacerdote, pastor, etc. Pero ¿Qué es entonces una religión informal?.
            La palabra religión viene del latín “religio” y su significado se asocia con amarrar, dar unión. En este caso es una unidad entre los seres y Dios. Algo que se une sin fuerza su resultando es informal y no puede perdurar. Por lo tanto, toda religión es formal cuando posee elementos litúrgicos, teológicos, de tradición y de pensamiento para perdurar a lo largo de los siglos; la vida de Dios y la humanidad es eso, algo de siglos que no puede reducirse al criterio individual del “yo” pues Dios nos habla a todos.
            En la actualidad estamos plagados de la informalidad; alguien habla de las energías, de las vibras, del universo y la gente lo cree tras realizar ciertos ejercicios y recibir algún beneficio de paz en su interior. Las creencias informales no pasan de ser eso, creencias fincadas en mi beneficio inmediato; la paz y/o la tranquilidad, son como terapias des estresantes ─analgésicos para la conciencia─ que no profundizan en otras realidades del espíritu humano como la humildad, la castidad, el cumplimiento a la palabra empeñada, etc., virtudes que se logran mediante procesos de estudio y contemplación ejercitándose a lo largo de la vida dentro de doctrinas con cátedras formales. Las creencias informales se caracterizan por exigir poco porque su bagaje es poco y por eso mismo los resultados son pobres, superfluos.     
            Este paradigma de la informalidad se incrusta en muchos católicos ─nosotros también estamos inmersos en esa actualidad. De tal suerte que el creyente deseará resultados a los cinco minutos y de no obtenerlos afirmará que la religión no sirve. Por ejemplo; si usted acude al  gimnasio o la ciencia deberá ser constante para ver resultados. Lo mismo sucede en la religión formal y en todos los procesos de la vida; la constancia es clave de nuestra transformación.

domingo, 17 de mayo de 2020

La ciudad y el individuo


            “Conoció Caín a su mujer, la cual concibió y dio a luz a Henoc. Estaba construyendo una ciudad, y la llamó Henoc, como el nombre de su hijo…” Génesis 4, 17
            Es curioso que la biblia nos presente a Caín como constructor de una ciudad, esta visión como paralelo no es muy distinta a la realidad; muchas ciudades fueron edificadas por asesinos, por conflictos armados por la tierra. La ciudad de México es un ejemplo. La ciudad es un asentamiento humano que tiene una cosmovisión del mundo, por algo nos llamamos “mexicanos”, “hermosillenses”, pensamos de alguna forma, tenemos hitos, costumbres y tradiciones. La ciudad se impone e impone hasta el acento en el modo de hablar. ¿Por qué los de Veracruz no hablan igual que los de Hermosillo?. En el modo de expresar una palabra se manifiesta la visión del cómo debe sonar esa palabra; los de Veracruz dirán que somos nosotros los que hablamos raro y nosotros diremos que los raros son ellos. En la rebeldía de modificar la palabra “hijo” substituyendo la “h” por la “m” para decir “mijo” los individuos expresan su visión lingüística. Estos seres llegan a construir acuerdos mediante sus palabras y sus visión dentro de un territorio; la ciudad.   
            En la historia de la humanidad, la urbanidad y la ciudad, son formas relativamente nuevas. Fue después de la revolución industrial cuando los individuos migraron del campo a la ciudad, a los centros industriales, es ahí cuando vemos las fábricas y los suburbios habitacionales, y el nacimiento de la vida urbana nocturna y sus formas. Estas migraciones masivas y la expansión de la urbanización exigen a los ayuntamientos una mayor planeación en la distribución del territorio; vialidades, infraestructura, espacios, y sobre todo, exige a los ciudadanos controlar su conducta y sus pasiones en medio de la inmensidad que los absorbe; la ciudad.
            En la plaza de catedral podemos ver la diversidad, por un lado, el icono urbano de la catolicidad; catedral, frente al Palacio Municipal, la sede del poder laico que nos gobierna. En la plaza pública están los individuos con sus ideologías, sus historias y en medio de ese espacio convivimos y disfrutamos. Si expresáramos nuestros ideales probablemente resultaríamos antagónicos, pero en el disfrute del espacio público convivimos; religiosos, ateos, migrantes, hombres, mujeres, ancianos, jóvenes, niños. El espacio público nos ayuda para encontrarnos con los demás, con los otros, los que no comulgan con nosotros.  
            En la biblia y en otras religiones cuando los individuos quieren interiorizarse, buscar la paz, la espiritualidad, acuden a retiros alejándose de la ciudad. Esto es interesante pues la ciudad tiene modelos, formas e ideas; nos siembra paradigmas de éxito y fracaso, en ese espejismo nos hace creer que anhelamos cosas que en realidad no son anhelos propios sino que son cosas que vemos y las seguimos porque el grupo las sigue. La ciudad es la multitud de voces que confunde; voces políticas, de medios, de estratos sociales, de iconos. La ciudad absorbe al grado de restarnos individualidad y borrar lo que el individuo es y convertirlo en parte de esa multitud: los de Hermosillo, los de Nogales, los extranjeros, los del sur. Pero también, la ciudad nos ayuda a construir lo que somos; lo que comemos, lo que escuchamos, lo que nos identifica.
            En la ciudad existe el templo y el sagrario, un espacio que permite a locales, foráneos y extranjeros, identificarse entre sí bajo una misma comunión; la paz con Dios y con nosotros.